Asilo Leandro León Ayala: de la locura a la enfermedad y el tratamiento

A principios del siglo XX, los padecimientos mentales todavía eran un tema tabú relacionado con una «degeneración hereditaria» o»moral»,  muy lejos de la práctica actual. En aquel entonces el aislamiento social era el tratamiento más común. El Dr. Eduardo Urzaíz escribió en el Semanario «Adelante» la memoria sobre la transformación de los tratamientos psiquiátricos en Yucatán con la apertura del oficialmente llamado «Asilo para dementes Leandro León Ayala» parte del conjunto inaugurado en 1906 por el presidenfete Porfirio Díaz, junto con la Penitenciaría Juárez y el Hospital O’Horán al poniente de la ciudad. A continuación reproducimos dicha crónica del edificio, que se encuentra frente al Centenario y que actualmente es sede de Bellas Artes.

Entre los recuerdos de mi vida estudiantil, que al correr implacable de los años se han perdiendo insensiblemente en las brumas del pasado remoto, hay una impresión dolorosa que conserva aún la primitiva viveza de colorido y precisión de contornos. Es la visión de los infelices locos, hacinados en reducido húmedo patio o encerrados en infectos calabozos en el antiguo Hospital O’Horan de la Mejorada.

Los días en que nos tocaba disección, los que entonces éramos alumnos del primero o segundo año de medicina, nos dirigíamos hacia el anfiteatro con descomunales puros en la boca y la alegría de los veinte años en el alma; teníamos que pasar frente aquel patio y a veces nos deteníamos ante las rejas de los calabozos. Éramos espíritus fuertes, recién blindados de la filosofía positiva, y no vacilábamos al hundir el escalpelo en la carne de un cadáver ni palidecíamos a la vista de la sangre en la sala de operaciones. Más no nos era posible evitar un estremecimiento nervioso a la vista de aquellos cuerpos desnudos y extenuados, de aquellos rostros enigmáticos y de aquellas manos que ansiosas imploraban la limosna de un cigarro.

Vulgar y malsana curiosidad nos poseía; nos subyugaba el misterio de la sinrazón humana, y el cuadro dantesco persistía en nuestra imaginación. La muerte, con todo su horror, es un hecho tan fatal y previsto, una consecuencia tan natural de la vida que pronto se adquiere el habito de manejar cadáveres; las lacerías de la clínica quirúrgica son tan esencialmente mecánicas, el arte del cirujano las domina con destreza tan admirable, que pronto desaparece la primera impresión dolorosa de la sensibilidad, vencida por el interés del estudio.

Hay, en cambio, en las perturbaciones mentales algo tan desoladamente triste, tan obscuro e inexplicable que en todos los tiempos el hombre se ha aterrado ante ellas, creyendo ver patente la intervención de poderes sobrenaturales. Solo la ciencia deshace el misterio y nos muestra las vesanias como simples perturbaciones funcionales de las células del cerebro.

La indiferencia vino con la costumbre y el cuadro perdió mucho de su horror primero. Algunos de los locos pacífico, que discutían libremente en el hospital fueron nuestros buenos amigos y entretuvieron nuestros ocios de internos. Pero nada se hacía entonces para inducirnos a considerar a los alienados desde un punto de vista científico: nuestros profesores de clínica no nos hablaban de ellos, la psiquiatría no figuraba en el plan de estudios, y apenas en nuestros textos de patología interna mencionaban, de paso y brevemente, las enfermedades mentales. Médicos o próximos a serlo, teníamos de la locura una concepción tan vulgar, como la que tener suelen los autores de novelas de folletín o de argumentos para películas cinematográficas.

Desconocido el estudio de la psiquiatría, los enajenados eran los parias del hospital antiguo. El local menos apropiado y más infecto, los enfermos más incultos e ignorantes con tal que fuesen fuertes, los desechos de los otros departamentos se consideraban buenos para el servicio de dementes. No culpo a nadie, ni menos a los médicos encargados de dicho servicio, pues creo que, animados de la mejor voluntad y llenos de interés por sus enfermos hicieron cuanto a su alcance estuvo por mejorar su triste situación ¿Pero que podían hacer en aquel medio, sin personal auxiliar idóneo y sin manera de ensayar los modernos métodos de tratamiento? Solo contaban con las drogas y tenían por fuerza que prodigar el bromuro, el opio y el cloral. Cierto es que son pocos los alienados susceptibles de curación: pero aparte de curarlos ¡Cuánto puede hacerse por ellos!

Aquella situación no podía continuar por mucho tiempo; la cultura y el adelanto de Mérida exigían la creación de un manicomio, y esta necesidad estaba en la conciencia de todos.

La iniciativa privada se adelantó a la acción oficial, el cuantioso legado del filántropo D. Leandro León Ayala, hizo posible la construcción del manicomio, y el “Asilo Ayala” fue inaugurado solemnemente el 6 de febrero de 1906 y se recibió a sus enfermos el 1 de marzo del mismo año. Construyó el Asilo al mismo tiempo que el nuevo “Hospital O’Horán”, legítimo orgullo de nuestro Estado y, no bastando los fondos propios de la Beneficencia Pública, el gobierno ha tenido desde entonces que completar el presupuesto de ambas instituciones.

Fotografías del Asilo en 1917 (Biblioteca Yucatenense)

Ya tenían los alienados de Yucatán un edificio propio, construido por el moderno sistema de pabellones aislados, en excelentes condiciones de aire y luz, con amplia provisión de agua corriente, rodeado de bellos jardines, con hermosas avenidas de árboles frutales y con un extenso terreno anexo para el establecimiento de una colonia agrícola. Faltaba solo organizar la vida diaria del establecimiento, reglamentar el trabajo médico, estudiar, ensayar y seleccionar, con arreglo a las condiciones locales, los modernos métodos de tratamiento. En este sentido se han trabajado desde el principio y se trabaja con decidido empeño. Si aún tiene nuestro manicomio algunas deficiencias, ni a diario tenemos todavía que luchar contra rutinas inveteradas no puede negarse que se ha hecho mucho y que el “Asilo Ayala” puede, con poco ponerse a la altura de los mejores establecimientos de su género. 

Yo, que trabajo en la asistencia médica de los enajenados desde la fundación de nuestro manicomio, no tenía en mi abono cuando fui nombrado para este cargo, más que mi buena voluntad y mi decidida afición al estudio de la psiquiatría. Más tarde y pensionado por el Gobierno, permanecí un año en los Estados Unidos, donde vi puestos en práctica los métodos de tratamiento más moderno, en vastísimos asilos admirablemente organizados y que por sus condiciones materiales y su riqueza, son superiores a los de Europa. Allí comprendí todo lo que puede hacerse en bien de los enajenados y me di cuenta de lo que debe ser un manicomio moderno. Para los atacados de psicosis agudas y quizás curables, ha de ser un verdadero hospital con todos los recursos que la ciencia proporciona a los otros enfermos: para los locos crónicos e incurables e incurables , ha de ser un verdadero hospital con todos los recursos que la ciencia proporciona a los otros enfermos: para los locos crónicos e incurables, un asilo donde la sociedad los recluye, porque carecen de la responsabilidad de sus acciones; pero donde debe encontrar, además del alojamiento, la alimentación y el vestido que como inválidos no pueden proporcionarse toda la parte de felicidad compatible con su estado.

Lo que no fue posible hacer de golpe, se ha ido haciendo en el Asilo Ayala poco a poco con lentitud y constancia y tenemos implantadas ya las mejoras más urgentes. De acuerdo con la tendencia actual de la ciencia, se ha evitado el abuso de las drogas y se ha reducido a lo indispensable empleo de los narcóticos y calmantes; se procura mejorar y variar la alimentación de los enfermos, hasta donde lo permiten las condiciones económicas del establecimiento, y se les hace vivir al aire libre el mayor tiempo posible, se ha restringido mucho el uso de las medidas de contención mecánica y se ha limitado el aislamiento celular a aquellos casos en que se hace absolutamente indispensables. Con este fin, se construyeron amplios patios bien amurallados; los enfermos agitados o indóciles permanecen en ellos durante el dí, sujetos a una prudente vigilancia y por la noche se recluyen en sus respectivos pabellones. No ha sido posible aún instalar un gabinete completo de hidroterapia; pero se ha logrado establecer el servicio de baños caliente, que constituyen la medicación sedante más usada en los manicomios modernos, por ser la más eficaz e inofensiva. Se han arreglado piezas especiales para el aislamiento de los enfermos de afecciones contagiosas, así como una modesta sala para curaciones y operaciones de pequeña cirugía. Si bien no se ha podido establecer juegos y entretenimiento para los pacientes, se ha adelantado mucho en la organización del trabajo de estos.

El trabajo se considera hoy como uno de los medios más eficaces de tratamiento de las afecciones psíquicas, toda vez que sostiene y conserva el vigor físico del alienado y lo distrae de sus ideas y concepciones delirantes, al mismo tiempo, es un factor económico digno de tomarse en cuenta para el sostén del establecimiento. En nuestro asilo se llenan bastante bien los dos fines indicados: las enfermas cuentan con un taller de costura muchas de ellas ayudan en la limpieza y arreglo de pabellones y aún en el cuidado de sus compañeras invalidas; los hombres trabajan en el cultivo de los prados y jardines, en la colonia agrícola, en el establo y en la panadería. Los prados y jardines y los árboles frutales del asilo producen mensualmente una utilidad muy apreciable; el establo construido científicamente es modelo en su cale, alberga, en excelentes condiciones de higiene, cerca de treinta piezas y produce la leche que se toma en el establecimiento y parte de la que consume el hospital; la panadería elabora excelente pan amasado a máquina, y abastece al asilo y al hospital. Esta construcción y pronto se inaugurará un taller de lavado mecánico para el servicio de ambos establecimientos.

Uno de los escollos con que se ha tropezado en el asilo desde el principio y con que se tropieza aún, es lo difícil que es, en nuestro medio, formar un cuerpo de enfermeros suficientemente instruidos y tan abnegados como el caso lo requiere. La labor del enfermero de locos es de suyo dura, delicada y fatigante y ha de esta muy bien retribuida para poder exigir que sea desempeñada a conciencia. Sin embargo, dentro de las condiciones locales, se ha hecho cuanto ha sido posible y no se omite esfuerzo alguno para seleccionar y mejorar el personal auxiliar facultativo.

Entre los adelantos alcanzados, no debe omitirse lo que se ha hecho para que el asilo sirva también como campo de experimentación y estudio a los médicos futuros. En el año de 1909 y a iniciativa de un grupo de alumnos, se incluyó la psiquiatría en el plan de estudios de la Escuela de Medicina y al mismo tiempo se estableció la clínica de enfermedades mentales en el Asilo Ayala. Así los estudiantes yucatecos pueden hoy iniciarse teórica y prácticamente en la ciencia de Esquirol, Pinel y Kraepelein y quizás de entre ellos surja mañana quien, con mejores aptitudes que nosotros y trabajando con mayores elementos logre poner nuestro manicomio a la altura de los mejores del mundo y haga que, por todos los conceptos, constituye uno de los timbres de orgullo de Yucatán y el gobierno que lo sostiene. Mérida, junio de 1917.

El Asilo dejó de funcionar como tal en 1978, cuando se construyó el actual Hospital Psiquiátrico de Yucatán.

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