El hombre mosca yucateco, el «loco del aire», Alonso Garibaldi

Muchos recordaban como Alonso Garibaldi enamoraba en un biplano pasando a ras del suelo en lo que hoy es el Parque de las Américas y subiendo bruscamente para evitar estrellarse a las puertas de la casa de su novia, que vivía en la casa situada en el ángulo suroeste de dicha explanada. Esta operación la repetía sistemáticamente, tres o cuatro veces cada domingo interrumpiendo el juego de béisbol que se desarrollaba en la parte norte del parque por donde ahora está la concha acústica y el parque infantil. Los peloteros tenían que echarse de bruces para no perder la cabeza.

Nació Alonso en el año de 1905. Su familia lo envió a estudiar a los Estados Unidos, pero de allá retorno a México transformado en un verdadero campeón de baile. No había cumplido 20 años cuando se presentó en los teatros Lírico y Principal de la capital de la república en los días en que el mundo entero estaba enloquecido por el charlestón. Era vecino de la calle 66. Vivía en el cruce de la 55 con sus padres, don Pedro Garibaldi y doña Matilde Baqueiro de Garibaldi, con su hermanita y su hermano Pedro.

Fue un pionero de la aviación comercial mexicana. El hombre que realizó la ruta Mérida a México por aire, la de Mérida a Nueva York sobre territorio nacional; la de Mérida a Payo Obispo; el temerario y hábil piloto que puso en acción casi todos los campos de aviación de Yucatán y Campeche. Además de ser el primer presidente de la Sociedad Aeronáutica de Yucatán fundada en 1928.

Un piloto consagrado graduado en la T.C. Ryan Flying School en el año de 1929, fue la misma academia de aviación en la que Charles Lindbergh preparó y adapto su Espíritu de San Luis para el histórico viaje de Nueva York a Paris. Alonso Garibaldi Baqueiro no era simplemente un audaz o una venturero, pues estaba ya definido como el primer piloto yucateco que alcanzaba alturas que pudieron ser insospechadas.

En la década de los veinte, Alonso Garibaldi era el acróbata que se ponía de cabeza sobre una de las alas de un biplano; el que se mecía en un columpio instalado entre las alas de los frágiles avioncitos. El que se lanzaba de cabeza en un balcón del Club Mérida para cruzar como un pájaro un coche caleza que pasaba en ese momento por la calle. Aquel arrojado hombre mosca que escalaba la Catedral, el Museo Arqueológico, el Palacio Cantón, el Ateneo Peninsular ante los ojos emocionados de centenares de personas.

Su cartel de hombre intrépido salió de las fronteras de México. En las playas de Miami fue confundido innumerables veces con el famoso actor de cine Douglas Fairbanks, que en esos años era el Imán de taquilla en todas las salas de cine. Garibaldi, con pantalones balón, un cinturón de tela que le colgaba de un lado y un pañuelo de seda en la cabeza, al estilo gitano, era peculiar figura en un escenario donde presentaba números de bailes acrobáticos.

En la ciudad de Pachuca, capital de Hidalgo se presentó por primera vez como “hombre mosca” escalando la torre del reloj. El objetivo fue hacer publicidad para la compañía de atracciones y variaciones y lo consiguió. Todos los habitantes de la minera ciudad se congregaron para verlo ascender escalofriantemente, dando unos pequeños y bruscos resbalones que arrancaba un grito de susto de todos los curiosos. En la cúpula de la torre alzaba los brazos para agradecer el aplauso de los hidalguenses, cuando unos agentes policiacos que subieron por las escaleras lo detuvieron y lo llevaron al ayuntamiento.

Escaló toda la isla de Cuba. No tenía permiso de las autoridades para jugarse la vida en esa forma. Su público se amotino a las puertas del ayuntamiento y Alonso Garibaldi fue amonestado mientras el empresario del teatro era multado. Por la noche el teatro fue insuficiente para tanto espectador.

En La Habana escaló el Teatro Payret y el Centro Gallego; en Santiago el Casino Español. Pero su mayor audacia fue en Colón, donde a las 10 de la mañana subió hasta el edificio más alto y a las 3 de la tarde trepó por las molduras y cornisas del Hotel Inglaterra de la ciudad de Cárdenas y por si fuera poco, a las 10 de la noche del mismo por las molduras y cornisas del Nuevo Liceo de Matanzas, asediando por sus paredes.

En el año de 1927, más o menos en febrero, realizó ante los asombrados ojos de los norteamericanos un acto acrobático que solo había sido falsificado en el cine mudo y que luego sirvió casi de patrón para todo tipo de películas de aventureras  Al reaparecer en el tetro Lírico de la Ciudad de México, tras una temporada de andanzas por tierras del Tío Sam, Garibaldi dio una exhibición de acrobacia bailando el charlestón que nadie jamás había hecho ni ha logrado ejecutar hasta la fecha:

Desde un metro atrás de la concha del apuntador dio tremendo salto, pasó hasta por encima de la orquesta y cayó de cabeza en la cruz de la pasarela y para acabar de emocionar al público, repitió el mismo acto al revés para caer en el escenario y continuar con sus pasos de charlestón.

Para hacerse de publicidad, en aquel 1927, Alonso Garibaldi escaló el edificio del diario Excélsior por todos sus ángulos hasta llegar a la asta bandera, habiendo asegurado que le serviría de ejercicio para restablecerse de su luxación.

Aquel sábado 7 de septiembre de 1935, Alonso Garibaldi había fijado en Lorenzo Núñez como un prospecto en la aviación. Lo invitó para una de sus cátedras como instructor militar. Tomó el coche de alquiler de Lizandro Villamil en el sitio número 4 y se fue al Fénix donde se reunieron, además de Lorenzo, Tomás Rosas y José Núñez, mecánico de Transportes Aéreos Mexicanos del Sureste, a las 17:42 horas de la tarde.

Aquellos tripulantes del fatídico avión se desplomaron 3 minutos después frente a la quinta Santa Anita de la calle 62 sur en el predio 742ª de dicha calle, entre la panadería del señor José del C. Pérez y el predio de la señora Juanita Sánchez.

Lorenzo Núñez, solo sufrió milagrosamente contusiones y golpes; Rosas una herida en la frente, contusiones y posible fractura del fémur, al igual que el mecánico José Nuñez. En su lacónica declaración dijo el Capitán Núñez:

“Garibaldi no vueles tan bajo” y poco después informaba que Alonso solo había dicho en forma desesperada “No puedo contralar el aparato”.

Alonso Garibaldi Baqueiro acababa de decidirse a radicar en Yucatán, cansado de escalar paredes, torres y relojes al lograr un nombramiento en el ejército, como instructor de aviación. Decenas de veces despertaba al vecindario apenas al alba, haciendo rugir su poderosa motocicleta indian con la que se trasladaba al campo aéreo de El Fénix donde desarrollaba sus actividades de mentor aéreo y para distribuir el Diario del Sureste en Progreso.

El campo aéreo El Fénix que le vio elevarse por última vez, y que el mismo había inaugurado en 1930, le fue impuesto su nombre al poco tiempo de su trágica muerte. Es el espacio que actualmente ocupan las Escuelas Agustín Vadillo Cicero, la Clinica T1 del IMSS y parte de la Escuela Preparatoria No.1.

REFERENCIAS

Ramirez Aznar L «Un yucateco legendario, Alonso Garibaldi». Diario del Sureste. Abril de 1965.

Rosado Espinola R. Alonso Garibaldi «El Loco del Aire» (1985)

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