El Fraile Decapitado de la calle 64

Luis Ramírez Aznar (1974) Mérida tiene incontables rincones llenos de leyenda o de historia. Casas solariegas que una vez fueron recinto de grandes acontecimientos, o domicilios de personajes; esquinas de nombre zoológicos o de inexplicables calificativos que de pronto sabemos que conmemoran sucesos verdaderos o eternizan a un ciudadano. Detalles sepultados bajo el polvo de los siglos.

Don Fausto Hijuelos, un auténtico pizcador de cosas y casos de Yucatán, empeñoso recopilador de todo lo que pudiera significar alguna página extraviada del voluminoso acervo histórico de la península, decenas de esas páginas y capítulos que en desordenadamente amenas salpicaduras, deja al lector plena libertad para elegir lo que más sea de su agrado.

El Culcal-Kin.

Centenares de veces, en el correr de la vida tenemos que pasar por las calles donde el tiempo, la prisa, la indiferencia, la ignorancia de muchas cosas, nos impiden realizar recorridos de tranquila y paciente observación para remontarnos a pasadas épocas y tratar de revivir reminiscencias que el diabólico estruendo de motores diésel o de escapes de motociclos, nos borran de la mente con evitable violencia.

Es así como un día –y guiado por la curiosidad de Hijuelos- fuimos hasta la casa 556 de la calle 64 sur donde por largo rato, y acompañados del inquieto Martínez con su cámara, recordamos el sencillo capitulo histórico o legendario.

En realidad no se podría decir con certeza cuál era la razón de cruce o imágenes en muchos casos de Mérida o del interior del estado, pero al sumirnos en lo más profundo de los primeros días de la ciudad vemos las tinieblas imperantes y el silencio escalofriante, sobre todo en las calles apenas fuera del centro. Este ambiente tétrico cuando se vivía rodeados de tensiones, de transición ideológica y religiosa, de vaticinios y sortilegios estimulaba el fanatismo y acicateaban la superstición.

Allá sobre esa casa de la calle 64, esta San Antonio o quizá un simple fraile franciscano que alguien mando tallar y enclavar en sus techos para que le protegiera de las maldiciones de los mayas subyugados o de los mismos españoles que llegaban en las largas travesías, huyendo tal vez de su patria donde llevaron vida de mazmorras o grilletes, para tratar de despojar al prójimo sin reparar en su calidad de conquistado o conquistador.

La leyenda le bautizó con el nombre de Culcal-Kin (Sacerdote Degollado) y se asegura que es un San Antonio a quien un cañonazo –esto suena exagerado, pero no imposible- durante la lucha del Imperio, le cercenó para siempre la cabeza y le pulverizo la cabeza y le pulverizó al niño que tenía e brazos. Pero la leyenda –las viejas leyendas- aseguran que desde la época colonial quedó sin cabeza, era un fraile sin rostro, un alma en pena, que al caer la noche bajaba de su arqueado pedestal para deambular por las azoteas, haciendo temblar a los vecinos trasnochados con el ruido de sus toscos pasos.

Por muchos años –contaban las abuelas- toda la gente que pasaba por esa casa, levantaba la vista y se persignaba ante el decapitado monje…

CULCA

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