La Alameda de Gálvez o el Paseo de las Bonitas, de principio a fin

El término «Alameda» debió aludir originalmente a un paseo en cual destacaban los árboles de aquella especie; Álamos. Sin embargo, se acepte como definición de cualquier paseo con árboles sin distinción de especie. Se concibieron como espacios de recreación para las ciudades.

La llegada de los Borbón al trono español en el siglo XVIII trajo consigo una serie de reformas encaminadas a modernizar el reino. En lo tocante a la urbanidad y al tema de esta nota, buscaba la transformación de la centralidad que entonces se encontraba alrededor de la iglesia en las plazas principales, para esto se crean nuevos polos urbanos de actividad y sociabilidad como son los paseos.[1]

La ciudad de Mérida careció de este tipo de sitios de esparcimiento hasta 1730 cuando el gobernador Antonio Figueroa y Silva estableció un paseo entre el Palacio Episcopal y la Iglesia de Santa Ana.

De este paseo apenas hay referencias, aunque se sabe que hasta principios del siglo XX aún existían los restos de algunos de los arcos que lo componían, mismos que fueron demolidos al transcurrir de los siglos. Durante el gobierno del militar José Merino y Ceballos trazó un paseo en las cercanías de la ciudadela de San Benito aunque nunca fue usado como debería; sitio de esparcimiento.[2]

El anciano José Merino, fue sustituido en el cargo por Don Lucas de Gálvez y Montes de Oca quien se encargaría de emprender obras de reorganización de la administración de la provincia así como embellecimiento de la ciudad. El proyecto  de la Alameda fue aprobado por la Real Audiencia de México en 1789 la cual dispuso fondos para la construcción a los que sumarían las aportaciones de la ciudad. En el reglamento de Lucas de Gálvez establece los propósitos de la Alameda:

Conviniendo a la buena policía y mayor sosiego de los Pueblos, el que se establezcan Paseos Públicos para conseguir una recreación honesta, y civilidad competente con las diversas gentes que asisten a ellos, precaviéndose por este medio, las graves resultas que trae consigo en lo político y moral, la ociosidad que se padece en los ratos intermedios de descanso, después de las ocupaciones de los respectivos ejercicios, ministerios y empleos, y no habiéndose jamás proporcionado a esta ciudad de Mérida, recreación y paseo público, como generalmente previenen las leyes, en que sus vecinos y habitantes disfruten de diversión honesta, sin ocasionar perjuicio alguno, dispuse y funde en favor de ellos cumpliendo con las obligaciones que me estrechan en esta materia, una Alameda en el sitio abierto que se halla en la parte del norte de la ciudadela de San Benito, mirando de oriente a poniente; cuyo lugar prudentemente premeditado y por común aceptación, ha parecido el más cómodo y proporcionado así por la inmediación que tiene al centro de la Ciudad y que más se frecuentaba, aún antes de su establecimiento, como por la amplitud del placer que ofrece el mayor desahogo, y disfrutar más de lleno los vientos. Y como quiera que no hubiese fondo, ni caudal alguno para poner en ejecución este bien premeditado asilo, me interesé a facilitar por los arbitrios más prudentes y reglados.

Espacio que ocupó la Alameda en el mapa topográfico de 1864.

El mismo reglamento describe la Alameda: forma tres calles delineadas por una y otra banda con arboleda continuamente frondosa, dos de ellas destinadas para el paseo de coches y calesas por donde se le da vuelta en círculo, y la tercera se halla en el medio de aquellas para los de a pie, con setenta canapees o escaños de piedra labrada, teniendo cada uno cinco varas de longitud y colocados en tal conformidad y proporción que corresponde treinta y cinco por cada línea para formar y cerrar la calle del medio, y en extremo de ella a la parte del poniente se termina con una glorieta muy amplia que le da vista muy agradable, igualmente de piedra labrada con sus asientos en circulo y enlosado todo el suelo.[3]

En sus veintitrés artículos el reglamento explica el funcionamiento y los cuidados que se debe tener para conservar la Alameda. Establece la designación de un Alcaide que deberá ser español y tendrá la vara de Real Justicia para aprehender a quienes transgredan la autoridad en los límites del paseo, enviándolos a la Ciudadela de San Benito.

El alcaide también se encargaría del riego de los árboles y la correcta iluminación de los 16 faroles de cristal que permanecían encendidos “desde las oraciones hasta la doce de la noche” y especialmente en los días de celebración de los reyes y los patronos de la ciudad.

Así como vigilar el tránsito de los coches calesas que será “entrando de poniente a oriente, en tal conformidad, que formando circulo el paseo siempre quede por ambas calles la Alameda a la derecha para obviar el encuentro que unas con otras puedan tener”.  También prohibía la introducción de ganado en el paseo.

El artículo 19 disponía “En ningún tiempo persona alguna de cualesquiera calidad, condición y autoridad que sea, podrá demoler la Alameda ni quitarla del lugar en que se halla, aunque sea con el objeto presupuestado de mejorarla de sitio, ni disminuir la formación que actualmente tiene”.[4]

En el costado norte se construyeron dos casas; una servía al Batallón de Milicias y la otra a la compañía de Infantería de Castilla, además de una para que habitará el alcaide. La obra de construcción de la Alameda se dio por concluida en 1790 como aún recuerda la placa que sobrevive en la casa que alguna vez fue el cuartel.

Geronimo Castillo Lenard, realizó en 1866 una descripción técnica de la Alameda de Gálvez en su inconclusa obra «Diccionario histórico y monumental de Yucatán» en la cual se refiere:

La Alameda corre de Oeste a Este entre la ciudadela de San Benito y el cuartel llamado de Milicias. Tiene ciento setenta y cinco varas de longitud y el ancho correspondiente, dividido éste en tres calles, una central para la gente de a pie y dos laterales para los jinetes y carruajes: la calle central tiene treinta y un escaños de piedra de sillería por cada lado, y las colaterales están cerradas con pretiles de poca altura, de modo que pueden salvarlos fácilmente los transeúntes: las tres calles ostentan en sus extremos pirámides, obeliscos y jarrones no de mal gusto.

A la izquierda la estatua de Fernando VII «El Monifato», a la derecha la placa alusiva a la conclusión de la obra de la Alameda en 1790.

En su construcción primitiva tenía una glorieta en el extremo; pero el año de 1834 o 1835, gobernando el general D. Francisco de Paula Toro, se formó otra en el centro lo que verdaderamente fue una mejora así como las escalinatas que en lugar de las antiguas poco elegantes, se construyeron en las dos entradas principales; más en cambio fueron sustituidos a los siempre verdes y frondosos robles que había, naranjos, ciprés y otros árboles que exigen continuo riego

Por los años de 1815 a 1816 se colocó en la glorieta del Oeste, a expensas del teniente de gobernador y auditor de guerra Lic. D. Juan López Gavilán, una estatua de piedra de sillería del rey D. Fernando VII, pero a pesar de la verja de fierro que tenía, una noche, después de restablecida la constitución española a 11 de mayo de 1820, fue asaltada, habiendo amanecido el monarca con un sombrero de vaquero en la cabeza, una cuerda al cuello y un plátano en la mano en lugar de cetro. Practicaronse diligencias judiciales sobre el particular, y aun fueron reducidas a prisión algunas personas por sospechas, más o menos fundadas, pero nada se descubrió, y al gin hubo que sobreseer en la causa.[5]

La estatua de Fernando VII es aquella que se conoció popularmente como «El Monifato». Recibió este nombre debido a la poca gracia que tiene la estatua; algunos cronistas consideran que los artesanos que fabricaron la imagen eran enemigos de la monarquía borbónica por lo que realizaron la estatua de forma poco favorable para la imagen del rey. Aunque quizá la fealdad de la efigie tenga que ver con la falta de escultores de calidad en la provincia, pues en Mérida apenas se conocieron esculturas de calidad y las pocas que se distinguen en la ciudad datan de finales del siglo XIX. «El Monifato» fue rescatado por algún vecino curioso y le colocó en el techo de su casa en la calle 65 por 42, la esquina se conoció por ese nombre.

Como ya se mencionó la Alameda era espacio para celebraciones y festividades de carácter civil y eclesiástico. En la nochebuena y el año nuevo se realizaban reuniones en el paseo, en 1828 el Ayuntamiento dispuso que se usara para la conmemoración del grito de Dolores del 15 de septiembre.[6] En 1841 el estadounidense Benjamín Moore Norman escribió:

La víspera de Año Nuevo me encontró en la Alameda (el paseo principal de la ciudad), donde me mezclé con la multitud que se había reunido para disfrutar del placer de la noche en esta, la estación más deliciosa del año en Yucatán[7]

Otra descripción de la Alameda de Mérida, la encontramos en los apuntes que hizo el explorador estadounidense John Stephens Lloyd durante su estancia en Mérida en el año de 1841; Stephens recorrió la península interesado en las ruinas de la civilización maya.

Cuando hubo pasado la multitud, nos dirigimos hacia la Alameda. Este es el lugar principal de paseo de Mérida, y consiste en una amplia avenida pavimentada, con una sucesión de bancos de piedra a cada lado y detrás, también a ambos lados, un paseo de coches sombreado por hileras de árboles. A plena vista, y confiriendo a la escena una belleza pintoresca, se alza el Castillo, una fortaleza en ruinas con bastiones de oscura piedra gris sobre los que asoman las torres de la antigua iglesia franciscana que ocupa el interior, de aspecto romántico y evocadora de la época de la conquista española. Cada domingo tiene lugar el paseo alrededor del castillo y a lo largo de la alameda, y aquel día, con ocasión de fiesta, era uno de los mejores y más alegres del año.

Las bancas que pertenecieron a la Alameda hoy se encuentran en el Centenario de Mérida. En alguna de estas Stephens probablemente se sentó.

Lo más llamativo del paseo, su vida y su belleza eran sin duda las calesas. Aparte de uno o dos calcetines y de algún negro carreron cuadrado que de cuando en cuando afean el paseo, la calesa es el único carruaje habitual en Mérida. La caja se parece en cierto modo a la de nuestros antiguos calesines, solo que mucho mayor, y se apoya en el eje un poco por delante de las ruedas. Va pintada de rojo, con ligeras cortinillas de vistosos colores para proteger del sol, y tirada por un solo caballo montado por un muchacho; un carruaje simple, fantástico y peculiar de Yucatán. Cada calesa lleva dos y a veces tres damas, y en este último caso la más guapa va sentada en medio y ligeramente adelantada, todas sin sombrero ni velo, pero con el pelo hermosamente peinado y adornado con flores. Aunque expuestas a las miradas de millares de personas, no muestran ningún descaro en sus maneras o aspecto, sino al contrario un aire de modestia y sencillez, y todas tienen una expresión dulce y afable. En realidad, paseando sin compañía a través de la nutrida multitud de viandantes, parece como si su propia gentileza les sirviera de protección contra cualquier insulto.

Nos sentamos en uno de los bancos de piedra de la Alameda entre la bella y alegre juventud de Mérida.[8]

La primera mitad del siglo XIX fue la época dorada del paseo. En enero de 1850 se anunciaba que la Alameda sería ocupada para la presentación de la música del Batallón 1° que interpretaría 5 piezas dirigidas por el músico mayor José Roca.[9] Dice el historiador Michael Costeloe que ningún político fue tan celebrado en el siglo XIX como S.A.S Antonio López de Santa Anna y la Alameda de la Mérida fue escenario para aquellas festividades el 12 de junio de 1853 en el aniversario de la firma de las Bases Orgánicas de la República Centralista. El gobernador Rómulo Díaz de la Vega, impuesto por Santa Anna, se esforzó en aquella celebración:

Hacia la entrada de la noche la alameda comenzó a llenarse de gente riendo muy notable la concurrencia extraordinaria de las clases más distinguidas de la sociedad. El sitio estaba adornado de la manera más conveniente y vistosa. Arcos al estilo del país formados de rama tierna con hermosas ramas en los intermedios y una iluminación la más decente, daban a la vieja alameda una vista animadora y alegre. Pero lo que más llamaba la atención del público era la fachada y azotea del cuartel del activo de Mérida, en donde la multitud de luces elegantemente distribuidas arrojaban una claridad como de día. Todos los demás cuerpos militares iluminaron brillantemente las fachadas de sus cuarteles respectivos. En la glorieta del medio de la alameda estaba en expectación bajo un doce de damasco el retrato de S.A.S. Las bandas del mismo activo y del 15 de línea tocaron varias piezas alternadamente, mientras la muchedumbre se paseaba llenando la calle principal o bien ocupaba los asientos laterales, distraída con la música marcial de dichas bandas y con la vista de los fuegos artificiales cuya variedad hizo mucho honor al artista y deleito bastante a nuestro pueblo acostumbrado a aquellos antiguos fuegos de pura bomba y estallido. Como para que nada faltase a la solemnidad y brillo de esa noche, cerca de las nueve la luna casi llena asomó tras de las torres de San Cristóbal desembarazada de nubles y derramando una claridad serena y animadora bajo la que, como a las diez, se dispersó el concurso. [10]

El nombre por el que muchos se refieren a este desaparecido paseo es “El Paseo de las Bonitas” en realidad no existen muchos documentos o notas de periódicos que le llamen por este nombre más bien las referencias siempre son a la Alameda, Alameda de Gálvez, calle de Gálvez y en sus últimos años la ex alameda. En el plano topográfico de Mérida de 1864 elaborado durante el Segundo Imperio señala al paseo arbolado como “Paseo de las Bonitas”, dicho documento ha tenido mucha difusión y quizá sea el motivo por el que trascendió haciendo que sea hoy incluso más popular de lo que debió ser en su momento.

Durante la administración Imperial, en octubre de 1866 el Paseo fue testigo de las celebraciones en honor de «Los héroes de Tihosuco». Daniel Traconis, Feliciano Padilla y el cabo Piña fueron recibidos en Mérida con aclamaciones la multitud y un banquete en la Alameda.[19]

La fotografía debajo de estas líneas fue capturada por Alice Le Plogeón en la década de 1870 y en ella se aprecia «La Alameda» de poniente a oriente. (Getty Images)

En 1870, el gobernador José Apolinar Cepeda Peraza dispuso el nuevo reglamento de policía de Mérida, el concepto policía en aquel entonces aludía al ordenamiento de la ciudad. Entre las clausulas disponía que en la glorieta oriente de la Alameda se situarían los vendedores de sombreros y zapatos; los de alhajas en la glorieta poniente. .[11]

El 18 de Julio de 1875, “La Revista de Mérida” publica bajo el título de “La Alameda de Gálvez”:

Este paseo que en otro tiempo era frecuentado por los elegantes, se ha convertido en un asqueroso muladar desde hace algún tiempo, volviendo un lunar pésimo lo que antes era el mejor ornato de la ciudad. Es lástima que en Mérida en el mismo centro de la ciudad, después de andar por la calle del «Comercio» tan animada y divertida, se encuentre uno de repente ante ese montón de escombros que se llama la Ciudadela de San Benito y esas dos o tres hileras de árboles aflatados que pretenden adornar el lado Norte del escampado en que está la Ciudadela. Pero siquiera este lado que criticamos no está como los otros donde las yerbas han formado espeso bosque. Hay algunos empleados a quienes se da el nombre de policías; pero desearíamos que hubiese policía.[14]

Aún en 1877 se manifestó en sesión del Ayuntamiento de Mérida la necesidad de reformar la Alameda, sin que se realizará dicha reforma [12], el mismo año la calle cambió su denominación oficial a 3° de los Hidalgos en memoria de la guerra de Castas y de los indígenas mayas que combatieron del lado de los blancos aunque también era conocida como Calle a Izamal o Del Comercio. Un par de años después se dispuso como sitio de carruajes.[13]

Parte del costado sur de la Alameda fue ocupado por los edificios de esta fotografía que dieron el nombre a la calle, Calle Ancha del Bazar. (1910)

En la celebración del 5 de mayo de 1880 se colocó la primera piedra del Bazar Mercado que ocuparía la mayor parte de la ciudadela de San Benito, para ello se inicio la enajenación de los lotes los cuales debían aplanarse a nivel del suelo por sus propietarios. Sin embargo, los únicos terrenos que despertaron el interés fueron los del norte de la Ciudadela que miraban al norte es decir los que miraban a la Alameda.

Según los planos del mencionado Bazar, la Alameda sería sustituida por la «Plazuela de Gálvez» y en dicho espacio se construiría un monumento a aquel gobernador. Según Juan Francisco Molina Solis fue la necesidad de adaptar el terreno para el Bazar Mercado lo  que acabo con la Alameda.[18]

Fotografía de la década de 1890. Se observa lo que fue la Alameda de oriente a Poniente. Se puede ver que también en el costado norte se levantaron edificios por encima de lo que fue el espacio original del paseo (Museo Peabody)

La construcción de edificios a partir de 1882 en el costado sur de la Alameda terminó con una de las calles que componían el paseo; se estableció la ferretería “El Siglo XIX”, “El Hotel del Bazar”, “La Botica del Bazar”. Estos dos últimos nombres aludían al Bazar que nunca se pudo concluir, razón por la que la antigua Alameda comenzó a ser conocida como Calle Ancha del Bazar. [15] Terminando con la vocación recreativa de la calle para convertirse en punto de encuentro de vendedores. En septiembre de 1890 el periódico la Sombra de Cepeda sentenció “Hoy que ha desaparecido por completo la Alameda”. [16]

La actividad comercial se intensificó hacia 1915 con el establecimiento de quioscos en parte central de la calle que eventualmente dieron paso a los actuales locales.[17]

REFERENCIAS

[1] Espadas Medina, A. (1993). Mérida: La traza borbonica última virreinal, primera modernización. En M. T. Peraza Gúzman, Mérida el azar y la memoria (págs. 45 – 88). Mérida: Gaceta Universitaria .

[2] Alcalá Erosa, Raúl (1998) Historia y vestigios de la ciudadela de San Benito. Ayuntamiento de Mérida, Dirección de Desarrollo Urbano

[3] La Sombra de Cepeda. Septiembre de 1890.

[4] La Sombra de Cepeda. Septiembre de 1890.

[5] Castillo, Gerónimo. (1866). Diccionario Histórico y Monumental de Yucatán. Mérida: Yucatán.

[6] Bandera de Anahúac. Viernes 12 de septiembre de 1828.

[7] Moore Norman B, Rambles in Yucatan: Or, Notes of Travel Through the Peninsula, Including a Visit to the Remarkable Ruins of Chichen (1843)

[8] Stephens, John. (1841). Incidentes del Viaje a Yucatán. México. Fondo de Cultura Económica.

[9] Periódico Oficial del Estado de Yucatán. 19 de enero de 1850.

[10] El Regenerador. Periódico oficial del Estado de Yucatán. 14 de junio de 1854.

[11] Periódico oficial del Estado de Yucatán. La Razón del Pueblo. 5 de agosto de 1870.

[12] Periódico oficial del Estado de Yucatán. 24 de octubre de 1877.

[13] Periódico oficial del Estado de Yucatán. 13 de agosto de 1879

[14] La Revista de Mérida. 18 de julio de 1875.

[15] Suárez Molina, V. (1949). El Convento de San Francisco el Grande, y la Ciudadela de San Benito. Revista de Estudios Yucatecos, 51 – 72.

[16] La Sombra de Cepeda. 14 de septiembre de 1890.

[17] Montejo Baqueiro, Serapio D. Mérida en los años veinte, Mérida, Maldonado Editores, 1986.

[18] Molina Solis, Juan Francisco. Historia de Yucatán durante la dominación española. Talleres gráficos de la Revista de Yucatán (1921), 1986.

[19] Molina Solis, Juan Francisco. Historia de Yucatán desde la independencia de España: hasta la época actual. Talleres gráficos de la Revista de Yucatán (1921)Pág. 396

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3 Comments

    1. Adoro a Mérida algunos cambios eran necesarios y buenos. Pero la avenida de las bonitas no debieron quitarlas eran hermosas y poner los horrendos kioskos

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