La Quinta Barbachano, “La Constancia” y el II Imperio

Dr. Iván Franco CINAH-Yucatán Introducción. Este trabajo es una breve reconstrucción, una microhistoria barrial, del origen y destino que tuvo una excepcional “manzana” del centro de Mérida, ubicada en el barrio de San Cristóbal. Fue asiento en la primera mitad del siglo XIX de la “Quinta Barbachano” y del telar “La Constancia”, inaugurado por la emperatriz Carlota el 2 de diciembre de 1865 en su “visita de Estado” de poco más de diez días a Yucatán.[1] La fábrica cerró en 1890, siendo retomada como “Escuela de Artes y Oficios San José” por los Maristas de 1899 a 1914, y posteriormente fue sede de la “Escuela de Artes y Oficios” en 1918.[2] Conserva hasta la fecha la esquina nororiente de las calles 54 y 73 la placa que describe su nombre popular “El Telar”, aunque el ingreso principal a la fábrica estuvo en la calle 52 de hoy.

La preocupación ilustrada por la ocupación productiva. Casi al término del siglo XVIII, los barrios originales de Mérida habían crecido en densidad demográfica y en extensión. San Cristóbal, a raíz de la inauguración del templo dedicado a la virgen de Guadalupe en 1797, atrajo de forma progresiva a población criolla y mestiza que empezó a comprar terrenos y a edificar casas con aires “nobiliarios” en un barrio fundado para mexicas y tlaxcaltecas. No pocas familias criollas debieron recibir créditos eclesiásticos, hecho que les permitió emprender negocios y mejorar su posición social y económica. Poco antes del inicio del funcionamiento del templo, autoridades ilustradas como Lucas de Gálvez observaron problemas como la vagancia, robo y hambre en los barrios. Se debatió la posibilidad de establecer talleres para el desarrollo de habilidades manuales o artesanales que cubrieran la demanda local de productos de cuero y tejidos con fibras como el algodón y el henequén.[3]

Otro motivo que llevó al nuevo funcionario real proponer e instalar talleres textiles en Mérida se debió al diagnóstico de que, en los populosos barrios de la ciudad era notorio la ausencia de educación formal (escolarizada) y manual (escuelas de oficios) para los niños y jóvenes. Todo lo opuesto de las oportunidades formativas de grupos ricos y medios de peninsulares y criollos del centro. A pesar de la expulsión de los jesuitas en 1767, contaban con escuelas y colegios estables que los preparaban para la vida académica, religiosa y política. Se llegó a plantear urgente desplegar, después del asesinato de Lucas de Gálvez, la instalación de talleres de adiestramiento en oficios que frenaran el “ocio y la holgazanería”.[4] En esa etapa intermedia y final del llamado “siglo de las luces” europeo, en los antiguos y fundacionales barrios multiétnicos de Mérida se respiraba un ambiente más de carencia social en algunos grupos de edad; situación que se agudizaba cuando crisis agrícolas pegaban a la economía de la jurisdicción generando vagancia, robos, hambre y miseria. Una fuerte crisis agrícola golpeó por ejemplo la Intendencia el año 1795, bajo el gobierno de Arturo O’Neill.

Parte de la estrategia de contención de la pobreza la ofrecieron la Corona y el clero diocesano de Mérida cuando acordaron edificar templos de mampostería en barrios como San Sebastián y San Cristóbal. Ambos barrios contaban con capillas, pero eran endebles o estaban en mal estado. La construcción de las iglesias de mampostería coadyuvó en la generación de empleo durante tres y hasta cuatro décadas para determinados sectores de indígenas y castas, pero no resolvió del todo la situación precaria de otros. Las élites del centro de Mérida (aún) cobraban réditos por encomiendas, luchaban por tener una estancia de ganado, construir una “Quinta” urbana o aspiraban acceder a los cabildos civil y religioso para ascender económica y socialmente. La población de los barrios cuando mucho se ocupaba en labores de servicio de las casas, fincas y estancias de criollos y europeos. Los intendentes entendieron que llevar la enseñanza de “oficios” a los barrios citadinos significaba atender necesidades de un sector de la población desocupada que pedía caridad cuando situaciones como la escasez de granos se agudizaba.[5]

Final de la colonia y primeras décadas independientes. Entre los sectores identificados para adiestrar en habilidades manufactureras se encontraba la población de presos de la fortaleza de San Benito. Incluía a jóvenes e incluso niños quienes pululaban en sitios como los pósitos y las plazas pidiendo ayudas monetarias para obtener alimentos. Una situación que no ha cambiado mucho por cierto. Por eso otra respuesta real e ilustrada se dio con la proyección de instalar telares dentro del San Benito como en varios puntos de la ciudad “extramuros”, la de los barrios antiguos. Entre 1795 y 1823 no existe en sí testimonio fehaciente de que operaran telares de tejidos en Mérida, aunque San Cristóbal destacaba por contar con talleres de cuero o peleterías;[6] además de los directamente involucrados en la elaboración de henequén en domicilios y uno que otro taller de corchado.

El cultivo de los agaves se hacía en solares domésticos o en porciones antes ociosas de fincas privadas cercanas a Mérida; fue alentado desde 1765 por los visitadores enviados por el funcionario real y líder del proyecto de reforma del gobierno José de Gálvez. El año de 1823, dos después de la Independencia de España, surgió el proyecto de establecer una fábrica de hilados y tejidos en Izamal.[7] El proyecto fracasó debido a la prohibición inmediata decretada por el Congreso que frenó el ingreso de materias primas para la elaboración de los productos textiles. Fue un golpe severo contra el proyecto manufacturero en la región. Como sea, en 1833 se instaló y operó en Valladolid la primera fábrica textil llamada “La Aurora Yucateca” pero cerró en 1845 debido al fallecimiento de su impulsor Pedro Sáiz de Baranda.[8] El proyecto recibió elogios de los ingleses Stephens y Catherwood, oriundos de la cuna del capitalismo industrial. El algodón producido por particulares diversos de Valladolid fue base de sus operaciones y el obraje contó con un edificio ubicado en el barrio de La Candelaria, de la colonial y oriental ciudad yucateca.

Muro sobre la calle 73, posiblemente perteneció a la propiedad original.

El intermedio de la guerra indígena de 1847-1855 y la inestabilidad política de las décadas 1840 y 1850 jugó en contra de los cultivos de algodón y la instalación de talleres textiles en Yucatán.[9] Tanta inestabilidad política y económica frenó la incipiente “revolución” manufacturera e industrial que elogiaron los visitantes ingleses. La fibra henequenera entró sin embargo en una fase de estabilización productiva y comercial en 1860. La “naturalización” del régimen laboral coercitivo en las haciendas maicero-ganaderas alentó cultivar más parcelas de henequén en sus terrenos. El proyecto republicano y liberal juarista iba tomando forma en la promoción de la economía mercantil, pero fue interrumpido por la intervención francesa y los resabios monárquicos de un sector poderoso aliado con la jerarquía católica.[10] Entre 1864 y 1867, ese proyecto arrinconó al Estado emergido de la Constitución de 1857 y accedió al poder instalando una monarquía con el matrimonio de Maximiliano de Habsburgo y Carlota de Bélgica como emperador y emperatriz, respectivamente.[11]

¿Por qué en la Quinta Barbachano? El régimen de Maximiliano impulsó la actividad henequenera y estimuló otros cultivos.[12] Paralelamente, con la “estabilidad” del gobierno imperial y una política de diversificación de la exportación, empresarios como Manuel Medina y William Benny se involucraron en el proyecto de establecer la fábrica de hilados “La Constancia” en el barrio de San Cristóbal.[13] Se desconoce por ahora si existió algún tipo de asociación con el dueño de la QB, aunque Benny compró parte del terreno en 1865.[14] Pretendían entre otras metas alimentar el mercado textil norteamericano dada la coyuntura de la guerra civil.

Los obrajes y talleres de hilados, cuya instalación remonta a la política borbónica contra el ocio y la vagancia al final del siglo XVIII, requerían para su operación de agua abundante. Esta se surtía por medio de la explotación de ríos, lagos y cuando así se requería a través de norias y pozos. La fábrica “La Constancia” de Mérida se instaló en la “Quinta Barbachano” pues al centro de la finca urbana existían “bocas de agua” y un cenote ahora cubiertos por edificios modernos.[15] La “Quinta” fue propiedad de alguno de los hermanos Barbachano y Tarrazo. “La Constancia” contó con noria, huerta, cuartos, almacenes y demás.[16] El telar decimonónico aprovechó las bocas de agua[17] ubicadas en el centro del terreno. En sus telares se formaron generaciones de artesanos de los barrios del sur de Mérida entre 1865 y 1890; año este cuando fue cerrada por su segundo propietario Juan Antonio Urcelay Peniche después de comprarla a uno de los fundadores, Manuel Medina, en 1868.[18]

No fue entonces casual la elección de la QB para instalar la empresa textil “La Constancia”. Sin duda un factor fue el carácter populoso del barrio que, a raíz de la erección del templo dedicado a la virgen de Guadalupe, fue colonizada por criollos y mestizos medios y acomodados quienes instalaron casas y negocios en la primera mitad del siglo XIX.[19] Se hizo entonces un suburbio atractivo. Fue el caso de los empresarios campechanos Barbachano y Tarrazo. Miguel Barbachano fue protagonista de primer orden en la entidad, llegó a gobernador y jugó siempre un papel medular en las sucesivas declaraciones de independencia de Yucatán en la década de 1840 aunque falleció en 1859. No está aún claro si el dueño de la QB fue él o su hermano Manuel Barbachano y Tarrazo pues en 1864 ya se registra como fallecido. Otro Manuel Barbachano aparece ligado al proyecto imperialista durante la visita de Carlota ya que ocupó el cargo de redactor del periódico oficial durante el Imperio.[20] Quizá Manuel Barbachano Yniesta quien fue primogénito de Manuel Barbachano y Tarrazo.[21]

La “manzana” del telar destacaba por contar con un sistema de bocas de cenotes o pozos de agua naturales; de hecho, varios brotes acuíferos similares aún son visibles en las “manzanas” cercanas a la que albergó “La Constancia”.[22] Como todo taller textil, el agua es de suma importancia para el lavado y  desmanchado de las materias primas. Este fue un criterio primario para elegir el terreno pues, además de su cercanía al populoso núcleo de San Cristóbal, con esas fuentes del vital líquido se aseguraba agua para la labor artesanal como para el uso y consumo de los residentes del taller: maestros y aprendices. A los maestros hilanderos se les asignó una sección del terreno con habitaciones. Las “bocas de agua” de la manzana son ahora imperceptibles. La urbanización y el crecimiento de infraestructura urbana diversa, como se registra en el Cuadro 1, son factores de su invisibilidad.

La extensión e irradiación capilar subterránea de ese sector, era/es amplia y conecta con grupos de cenotes cercanos que permitieron el poblamiento y levantamiento de los imponentes edificios de la antigua Itchcansihó hace más de mil años.[23] Uno de estos, por cierto, a trescientos metros de distancia conocido como el “cerro del imposible” por sus dimensiones como plataforma maya original. Pese a lo anterior, el poblamiento no maya de los siglos pasados atrajo tanto a sectores europeo y criollo acomodados hasta inicio y mediados del siglo XIX. Sus huellas son casas cuya edificación está fechada esos años y “arrastran” conceptos y técnicas constructivas coloniales de mampostería con muros gruesos y techos altos, patios centrales con jardines, corredores con columnas y arcos de medio punto, doble planta, sobrios balcones de madera, cuartos diferenciados, escaleras de piedra, etc.

El historiador Suárez Molina, nieto del oligarca Olegario Molina, calificó que la zona de San Cristóbal era “rica y populosa”.[24] No pocas casas están ahora abandonadas y en ruinas. Los muros externos de la QB y el telar, a quienes los conocimos, daban la sensación de estar frente a una edificación tipo cuartel militar o fortaleza defensiva.[25] Y se escogió para el propósito de instalar el taller de hilandería la parte central de la manzana que hoy día conforman las calles 73, 73-A, 52 y 54. El mapa del período imperial describe cómo en ese momento la llamada QB se hallaba subdividida mediante albarradas hasta en cinco o seis fracciones, pero se desconoce para qué eran utilizados esos terrenos. Es probable que fueran huertos y corrales ya que, hacia principios de la década de 1960, detrás de los muros elevados que delimitaban la propiedad se distinguían decenas de árboles frutales como caimitos, zapotes, mangos, mameyes, aguacates, altas y elevadas palmeras nativas, flamboyanes y demás.[26] La excepción fue desde luego la parte destinada a la “Ebra de Hilados”.

La Constancia y la emperatriz Carlota. Llama la atención en esa dirección el relativo “olvido político” que acompaña parte de la historia de esa heterogénea y versátil “manzana” del barrio de San Cristóbal que a su vez fue la QB, de la que sólo sobrevive un pequeño tramo de muro original sobre la calle 73 conectado al muro de mayor altitud de la Gran Logia Independiente Mexicana del Sureste instalada en 1935, durante el cardenismo.[27] El régimen monárquico parece haber tenido particular protagonismo en la configuración histórica de la manzana. Dueños, empresarios y poder político marcaron su destino. Carlota de hecho, en una peculiar actitud monárquica “populista” cenó con los “cuatro caciques” de los barrios de Mérida.[28] Y en su agenda diaria quedó que la mañana del 2 de diciembre de 1865 inauguró el taller “La Constancia”.[29] Carlota deseó por cierto éxito a los empresarios Medina y Benny.

El ingreso al taller de hilados fue sobre la actual calle 52, a la altura de la puerta principal de las escuelas primarias “Artemio Alpizar Ruz” y “Domingo Solís Rodríguez”. El mapa urbano del Imperio logró captar la posible noria o cenote al “centro” de dicha manzana, subrayando con la descripción “Ebra de Hilados” el conjunto de bloques construidos del famoso “Telar” amadrinado por Carlota. Pese a los bombos y platillos imperiales en su apertura, los socios Medina y Benny se deshicieron de la fábrica en 1868.[30] Mucho se debió a la caída de la demanda de sus productos en EEUU y otro tanto por la cercanía de Manuel Medina con los afrancesados líderes católicos del fallido régimen monárquico. Se desconoce qué rumbo tomó su socio empresarial. Después del primer período de operación, el también hacendado Juan Antonio Urcelay Peniche compró “La Constancia” y en 1869 el telar retomó las actividades de hilandería, logrando mantenerla en operación hasta 1890, es decir, durante poco más de dos décadas. Llegó a tener casi noventa máquinas y 140 operarios en un momento alto de actividad productiva.[31]

Los grupos católicos no quitaron el dedo del renglón de estimular la formación de habilidades manuales al final del porfiriato. Después de que el gobernador liberal anti-clerical Carlos Peón dejó en manos del Coronel Cantón, imperialista de cepa, el gobierno local en 1897, los Hermanos Maristas ocuparon el espacio de “El Telar” renombrándolo como “Escuela de Artes y Oficios San José”.[32] En 1891 el Papa León XIII lanzó al mundo la Encíclica Rerum Novarum, orientada a incidir en la organización de los nuevos grupos sociales creados por el capitalismo (obreros, artesanos y demás). Así, en 1899 con su proyecto educativo religioso, los Maristas llegaron al barrio de San Cristóbal. Su objetivo fue también recuperar la elaboración de textiles para exportar pero solo duraron hasta 1914, época de inestabilidad política con el avance de los grupos carrancistas revolucionarios. Los Maristas sin embargo, debido a la I guerra mundial, dejaron México dando paso a que el gobierno de Salvador Alvarado evaluara la vocación del lugar y fundara la “Escuela de Artes y Oficios” estatal en 1918. Años después el espacio se asignó para el departamento de “Barrido y Limpieza” municipal, instancia que usaba las bocas de agua para verter las aguas negras citadinas.[33]

El orden actual. El repaso sobre el origen del uso social de la manzana está marcado por la presencia de agua subterránea y superficial. Se observa cómo los poderes prehispánicos, coloniales y modernos “decidieron” una y otra vez cuidar (los mayas) y exprimir (yucatecos) su condición natural con base al uso del agua que con seguridad aún corre (contaminada) debajo del pedregoso y cavernoso subsuelo. Como se mira en las fotos actuales y en el cuadro que acompaña este texto, todas las actividades que se desarrollan en la zona están asociadas a servicios y poco o casi nada a vivienda; quizá nada más la requerida por los maestros y estudiantes instalados en los dormitorios de los talleres de mediados del XIX y principios del XX.

Cuadra de «El Telar» actualmente

Parece un dato irrelevante, pero esa versátil manzana, ubicada unas cuantas “varas castellanas” al sur del eje formado por la fortaleza de San Benito y del templo de San Cristóbal, nació y evolucionó para operar como huerta o finca de descanso y evolucionó a espacio de trabajos manufactureros, servicios educativos, sociales, intelectuales, sindicales, de prevención y seguridad ciudadana como se puede observar en la actualidad. Una pequeña parte de su rostro antiguo perdura en la secuencia de los muros (uno pequeño decimonónico y los más elevados del siglo XX), del cruce de las calles 73 y 54, en un tramo de 45 por 20 metros que alberga a la Logia masónica referida.[34]

La zona, de hecho, empezó a experimentar al sur, a partir de la actual calle 73-A, una urbanización importante cuando la compañía de tranvías urbanos definió una ruta de conexión con Mejorada y el pueblo de Itzimná. El cruce de las calles 52 con 73-A se conoce como “El Encuentro” y la casa de la esquina sur-oriente cumplió ya un siglo pues está fechada como del año 1920. Es lamentable que la infraestructura del Telar fuera derruida en los años 70 del siglo pasado, más para quienes recuerdan esa construcción de gruesos muros y cierta genética arquitectónica colonial.[35] Los años 70 fueron una etapa fatídica no solo contra ese histórico espacio laboral, sino para decenas de significativos ejemplos de patrimonio histórico y arquitectónico coloniales, decimonónicos e incluso de las primeras décadas del siglo XX de Mérida.

Comentario final. Ni autoridades ni particulares de la década de 1970, en el caso de la infraestructura del taller textil, encontraron soluciones que permitieran preservar una de las edificaciones más interesantes que heredó el convulso siglo XIX en Mérida. ¿Desconocían la emisión reciente de la Ley Federal de Zonas y Monumentos de 1972 vigente? Fernando Barbachano, uno de los descendientes de los Barbachano y Tarrazo no, pues escribió que el presidente Echeverría le pidió opinar de la ley federal. Ubicada en el barrio con profusa herencia prehispánica, colonial y decimonónica, el telar “La Constancia” terminó su ciclo como ha ocurrido con otros rincones prehispánicos, coloniales y decimonónicos de Mérida. Sin duda, episodio relevante de esta microhistoria barrial desde la perspectiva del poder político de la época, fue que la emperatriz Carlota inauguró en 1865 “La Constancia” y realizó un recorrido por toda la ciudadela de San Benito, el mercado y el barrio de San Cristóbal. Carlota sintió después de su visita de Estado, a la edad de 25 años, que todas las loas y vivas gritados en su honor sería para recordarla eternamente. Los liberales juaristas se encargaron de finiquitar el sueño de los católicos monarquistas aunque el Telar permaneció en la mente colectiva

Nota: Extiendo mi gratitud al Mtro Badi Xacur, Lic. Carlos Simón Cáceres, Mtro. Israel Cetina, Dr. Carlos Franco, Ing. Jorge Franco y al Mtro. Luis Solís (Biblioteca Manuel Cepeda Peraza) quienes me facilitaron textos y accedieron a entrevistas para dar forma a este trabajo de divulgación para “Mérida en la Historia”.

A la memoria de mis bisabuelos Amado Cáceres y Escolástica Encalada

Cuadro I La “manzana” del Telar

Uso actual Uso siglo XIX Tipo servicio actual Ubicación actual
 

Logia masónica

 

 

Quinta Barbachano

 

Intelectual

 

Calles 73 x 54

 

Jardín de niños

 

 

Quinta Barbachano

 

Educativo

 

Calle 54 (73 y 73-A)

 

Oficina Taxistas (Volante)

 

 

Quinta Barbachano

 

Transporte

 

Calle 54 (73 y 73-A)

 

Estación de Bomberos

 

 

Quinta Barbachano

 

Prevención urbana

 

Calles 54 y 73-A

 

Ex Centro de Acción Social No. 54 (1964) (Hoy CECATI)

 

 

 

Quinta Barbachano

 

Oficios diversos

Capacitación trabajo industrial

 

 

Calle 73-A (54 y 52)

 

 

Escuelas Primarias Artemio Alpizar Ruz y Domingo Solís R.

(1976)

 

 

 

Quinta Barbachano,

Taller de Hilados y Depto. “Barrido y Limpieza”

 

 

 

Educativo

 

 

 

Calle 52 (73 y 73-A)

 

Escuela Primaria Santiago Meneses (1957)

 

 

 

Quinta Barbachano

 

 

Educativo

 

 

Calles 52 y 73

Sindicato Trabajadores del Municipio de Mérida  

Quinta Barbachano

 

Laborales

 

Calle 73 (52 y 54)

 

Fuentes: Mapa del Imperio, 1864-1865, entrevistas, memoria histórica y recorrido de campo.

[1] Luis Weckmann, Carlota de Bélgica. Correspondencia y escritos sobre México en los archivos europeos (1861-1868), Ed. Porrúa, México, 1989; Víctor Suárez Molina, La Evolución Económica de Yucatán (Tomo I), Ed. UADY, 1977, pp. 307-308; Faulo Sánchez Novelo, La Recreación en Yucatán durante el Segundo Imperio (1864-1867), Ed. Maldonado editores del Mayab y Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1999, pp. 38-39.

[2] Ibíd.

[3] El primer intento de poner talleres de hilado en Mérida fue dentro de la fortaleza de San Benito y lo impulsó el propio Lucas de Gálvez pero fracasó, su sucesor José Sabido Vargas sí logró al parecer instalar cuatro talleres pero se desconoce su ubicación, ver Jorge Castillo C., El hospicio en el tránsito a la sociedad liberal, 1786-1821, (UADY), copia, p. 39.

[4] Isabel Ramos Vázquez, “Policía de vagos para las ciudades españolas del siglo XVIII”, En: Revista de Estudios Histórico-Jurídicos XXXI (Valparaíso, Chile), 2009, pp. 217-258, da un panorama general del tema.

[5] Castillo Canché, op. cit.

[6] Adonay Cetina Sierra, Historia Gráfica: Mérida de Yucatán, Ed. SEP/Cultura, 1984, pp. 59-60.

[7] Suárez Molina, op. cit., pp. 306-307.

[8] Ibíd.

[9] Eligio Ancona atribuye la destrucción de “La Aurora” al “machete del salvaje” en Historia de Yucatán, T. IV, p. 392.

[10] Eduardo Urzáiz Rodríguez, Del Imperio a la Revolución, 1865-1910, Ed. Talleres Gráficos del Sureste, S.A., 1946; Sánchez Novelo, op. cit.

[11] Ibídem.

[12] Sánchez Novelo, pp. 181-189, donde se refiere algunas acciones al respecto del fomento.

[13] Suárez Molina, op. cit., p. 307.

[14] Cetina Sierra, op. cit.

[15] Testimonios recogido de conocedores y habitantes del barrio: Carlos Simón Suárez, Jorge Franco y Carlos Franco, quienes conocieron el interior de la manzana y observaron las bocas de agua y cenote.

[16] Mapa de la Ciudad de Mérida del Comisario Imperial José Salazar Ilarregui.

[17] Testimonios… Todos los entrevistados conocieron de forma directa el espacio central de la manzana, antes de su urbanización “masiva”, por lo que describen con fidelidad además accesos de agua y “cenotes” que en otros centros de manzana del barrio.

[18] Suárez Molina, op. cit., pp. 308-309.

[19] Cetina Sierra, op. cit.

[20] Sánchez Novelo, op. cit., p. 21., pero no incluye el segundo apellido de Manuel Barbachano.

[21] Datos genealógicos de los hermanos Miguel y Manuel Barbachano y Tarrazo se pueden consultar en Geneanet (Seminario de Genealogía Mexicana).

[22] Testimonios.

[23] Un tratamiento profuso sobre el sistema de cenotes de Mérida y en esa amplia zona que rodeaba la plataforma sur-oriente del sitio maya de Itchkansihó se encuentra en Ricardo Escamilla Peraza, Una historia de la industrialización de la gestión del agua: el caso de la ciudad de Mérida en el cambio de los siglos XIX y XX, Tesis para optar al grado de Doctor en Historia, CIESAS-Peninsular, Mérida, 2018, pp. 71-73.

[24] Suárez Molina, op. cit., p. 308.

[25] Testimonios.

[26] Ibíd.

[27] Supremo Consejo del Sureste, Breve Historia del Supremo Consejo del Sureste R.E.A.A. y de la Gran Logia Simbólica Independiente Mexicana del Sureste. Labor progresista y unificadora del Dr. y Prof. Ramón Espadas y Aguilar y del Dr. José J. Gamboa y Piña, 1997 (Copia).

[28] Sánchez Novelo, op. cit., p.

[29] Ibíd, pp. 38-39.

[30] Suárez Molina, op. cit.

[31] Ibíd.

[32] Ibíd, p. 309.

[33] Testimonios.

[34] Supremo Consejo del Sureste, op. cit.

[35] Testimonios.

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