La leyenda de la esquina de «La Vieja» (60 x 69)

Hacia 1770 se levantaba airosa una recia casona ubicada en el ángulo noreste de la hoy calle 60 con la 69. Por la primera calle se asomaba un ancho zaguán, con grandes puertas de caoba diestramente talladas.

Solo moraba en la vetusta, espaciosa casa, la dueña y su sirviente. En alguna época la propietaria fue muy visitada, sin embargo, en el periodo que referimos cuando la dama rozaba el medio siglo las visitas a aquella casona eran casi nulas. La presunta razón del alejamiento de amistades y familiares se debía a que en la mujer se habían asomado las señales del mal de lázaro “la lepra”.

Todas las mañanas, cuando los primeros rayos del sol entraban por el zaguán, la dama y su empleada cruzaban la puerta para dirigirse a la primera misa en la ermita de San Juan. Encarnación era el nombre de la solitaria mujer y Maclovia el de su anciana nana. Esta última salía a primeras horas para surtir la despensa del diario.

Sucedió que, en una de esas salidas mañaneras, la dama percibió asomarse por el zaguán a una amiga que hacia tiempo no veía. Como a veces Maclovia dejaba abierta alguna de las anchas puertas, no le sorprendió a Encarnación la presencia de Sor Engracia, religiosa concepcionista, recuerdo de su juventud, recibiendo en el convento aprovechados conocimientos de repostería y bordado.

La inesperada visitante le saludo con un tierno beso en la frente y maternales caricias, igual que cuando asistiera a los cursos del monasterio. Tomó asiento y en una desenvuelta platica con naturalidad la alentó a no dejarse doblegar por la cruel dolencia y sus consecuencias sociales, asegurándole que muy pronto se libraría de su doloroso mal. Antes de retirarse fue a la cocina sirviéndole a la enferma uno de sus calmantes, despidiéndose con las mismas cortesías de su llegado.

Al poco regresó Maclovia cansada. No había adquirido sus compras habituales y con poco congruentes términos explico la causa de su tardanza inútil.

Absorta Encarnación ni prestó interés a las sensacionales informaciones de su “nana de leche”, pero si le preguntó si se había encontrado con Sor Encarnación en la calle.El terror de la compañera creció. La religiosa tenía dos años de fallecida y por consideración a la señora no se lo había informado para ahorrarle la pena. Pensándolo mejor consideró que habiéndose dormido en el vacío, en su terrible soledad, había soñado con los dorados años de su juventud.

En posteriores platicas Encarnación describía detalles de la visita de la religiosa y de sus frases de aliento, lo que alertaba a Maclovia sospechando que su “niña” comenzara a dar muestras de desequilibrio mental.

Pasaron semanas y fue Maclovia la que creyó ver visiones, pues su cuidada hacia años no se miraba en espejos que, además habían desaparecido de la casa. Pero las terribles huellas del mal que padecía ya casi no se notaban en el rostro y las manos de Encarnación.

A los dos meses de la supuesta visita de la monja todas las señales habían desaparecido, recobrando la piel la naturalidad inherente a su organismo de sus años.

Circuló por toda la ciudad la noticia del milagro sucedido en la casa de la vieja, como denominaban a Maclovia las personas que la trataban en su diario acudir al mercado. Naturalmente la recupera trato de ir a dar gracias a su curadora y en el camino hasta la calle 63 la servidora le refirió la muerte de la concepcionista.

Con la salud, se rehabilitaron sus deseos de trabajar y proporcionar ocupación a quienes, careciendo de oportunidades y de medios, tuviesen voluntad. Así se le ocurrió abrir una panadería en su casa en la que se elaborasen panes de lujo, bocadillos y demás exquisiteces de la industria planificadora.

No le pusieron nombre las primeras organizadoras de la panadería. El pueblo se lo puso, aludiendo a Maclovia. Fue también la primera chocolatería proporcionando el servicio que posteriormente ofrecieron las panaderías.

Basado en la versión de Renán Irigoyen Rosado

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1 Comment

  1. Excelentes relatos. Ignoraba completamente la historia de la panadería “La Vieja”. Muy interesante. De niño viví unos años en la calle 68 x 51 (la esquina de “Los dos Soldados) y mi papá nos llevaba al box, lucha libre y corridas de toros, al Circo Teatro. En la puerta entre otras cosas comprábamos cucuruchos de pepita y cacahuate. Que bonitos recuerdos!!’

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