El crimen de Lucas de Gálvez

Tomado de Mark Lentz “Murder in Mérida, 1792” (2018)[1].  La noche del 22 de junio de 1792 un atacante salió de las sombras de la oscura plaza de Mérida y lanzó una improvisada lanza al pecho del don Lucas de Gálvez, intendente y gobernador de Yucatán, el funcionario real de más alto rango en la península. Gálvez partía hacia su residencia al oriente de la plaza principal después de estar en las Casas Reales, lugar del que partió hacia las 10:45.

Aquella noche acompañaban al intendente su cochero José Antonio, esclavo de color de dieciséis años y el tesorero de la provincia Clemente Rodriguez Trujillo. Acababan de pasar el Convento de San Juan de Dios cuando el atacante apareció en la oscuridad. Ninguno de los acompañantes lo notó solo se dieron cuenta después de que el capitán gritara que lo habían golpeado: ¡Ese pícaro me golpeo!

El tesorero llamó a los guardias, pero no vio a nadie en la calle. Gálvez corrió tras su atacante y tropezó en el camino mientras la sangre brotaba en la herida en su pecho. Aquel testarudo acto solo consiguió acelerar su muerte. Dentro de la casa los asistentes se percataron de la gravedad de la lesión y que la muerte era inminente. El clérigo José Silveira de la parroquia de Santiago se apresuró y llegó para darle la extremaunción. Alrededor de las 11:30 de la noche, Gálvez murió.

Dibujo del Arma que se utilizó para asesinar a Lucas de Gálvez (AGN) en Lentz (2018)

Los guardias recorrieron las oscuras calles de Mérida sin poder encontrar al asesino, el cochero José Antonio presentó el cuchillo de una pulgada de ancho manchado en sangre y atado con un trapo sucio. El coche fue conducido a la casa de José Cano, juez y concejal de la ciudad.

Por la tarde del día siguente los habitantes de Mérida acudieron en masa a honrar con la ceremonia acorde con su rango y linaje. Las campanas de la iglesia y los disparos de los cañones acompañaron la marcha final del líder de la provincia de 48 años.

Los numerosos clérigos y frailes de Mérida marcharon vestidos con vestimentas que reflejaban su rango y orden religioso, seguidos por miembros del cabildo dispuestos de acuerdo con la prominencia. Luego vinieron el ejército y la milicia con sus uniformes de gala, seguidos por la plebe desorganizada. Todos escoltaron al líder caído desde el palacio del gobernador hasta su lugar de descanso debajo del presbiterio de la catedral.

Durante los escasos cinco años de Gálvez en Yucatán acumulo críticos y detractores en su intento de implementar y hacer cumplir las reformas borbónicas de Carlos III para reforzar la autoridad de la corona en los territorios americanos. Su primo lejano, don José de Gálvez visitador de la Nueva España y autoridad en el cumplimiento de las nuevas reformas probablemente intervino en la selección de Lucas como primer intendente de Yucatán.

El sistema de intendencias, implantó una nueva organización territorial y administrativa en el territorio americano. Las intendencias abarcaron los factores político, económico y militar de sus jurisdicciones, y quedaron bajo la autoridad de los intendentes nombrados por el monarca, con funciones de justicia, hacienda, guerra y policía de provincia, quienes sustituyeron a los gobernadores provinciales. La división territorial tomó como base las provincias existentes para formar doce intendencias, cuyos nombres fueron los de las ciudades capitales: México, Puebla, Veracruz, Mérida, Oaxaca, Valladolid, Guanajuato, Zacatecas, Durango y Arizpe.[2]

Entre las obras materiales que se le reconocen a Lucas de Gálvez están los caminos que unían a Mérida con Izamal, Ticul y Campeche; el alumbrado público en el centro de la ciudad; un nuevo muelle en Sisal; y la Alameda de la ciudad. Poco antes de su muerte, comenzó a trabajar en las fortificaciones de Bacalar y Campeche con el fin de frenar el contrabando.

Monumento en memoria de Lucas de Gálvez se colocó en 1807 y fue reedificado en 1860 como reza la poca al frente.

Otras reformas, las que causaron su impopularidad entre las élites fueron las correspondientes a la encomienda. A grandes rasgos dicha institución es la asignación oficial de comunidades indígenas a un colonizador privilegiado quien debía cumplir entre otras obligaciones con la enseñanza de la doctrina cristiana.[3]

Esta compleja institución se convirtió en la principal riqueza de los conquistadores en una península carente de tierras donde sembrar o minerales, pero que si contaban con la abundante mano de obra indígena. Bajo estos argumentos los encomenderos yucatecos consiguieron mantener la institución aún después de ser abolida en otras provincias americanas. El grupo de los encomenderos se convirtió en el más importante durante el siglo XVIII a partir de su poder político y económico.

La orden final y permanente de abolir la encomienda se aprobó en 1785, pero a Gálvez le tocó hacer cumplir la orden a su llegada en 1787. Los encomenderos de Yucatán se resistieron amargamente, como lo hicieron sus antepasados, a través de apelaciones, sobornos y, algunas, supuestas amenazas. al hombre designado para llevar a cabo la Voluntad real, don Lucas de Gálvez. Como el hombre que personificó la autoridad real en la provincia desde 1787 hasta su muerte, sus acciones enajenaron a una de las facciones más establecidas y poderosas de la península: los encomenderos.

Las rivalidades familiares frecuentemente se mezclan con la política regional. Al carecer de unidad, los miembros del cabildo de Mérida estaban fragmentado en facciones que daban su apoyo u oposición a Gálvez. Juan Esteban Quijano, junto con su hijo don José Miguel Quijano, encabezó la facción que se opuso al liderazgo de Gálvez. Los Quijano eran una poderosa familia de comerciantes a cuya cabeza estaba Juan Esteban Quijano quien tuvo quince hijos con su esposa Petrona Zetina de mejor linaje que su esposo.

Su hijo don José Miguel Quijano siguió los pasos de su padre, comenzando su carrera en el consejo en 1789 al procurador antes de ascender. al puesto de alcalde ordinario en 1801. Otro hijo, también llamado don Juan Esteban Quijano, también se desempeñó como regidor y alcalde a fines del siglo XVIII y principios del XIX y fue secretario de gobierno de  Gálvez con quien se enemistó porque este le prohibió usar bastón y respaldo en su asiento, lo cual era símbolo visible de su posición.[4]

Además de los dos hijos que ayudaron a la familia a dominar el cabildo, otros ocuparon puestos de milicia altamente calificados. Don Ignacio sirvió como Capitán de los dragones, o caballería ligera, y don Mariano era un oficial del Batallón de Castilla. Como era típico de las familias numerosas de la época, otro hijo, don José Tadeo, ingresó al sacerdocio. Constituyeron un poderoso bloque de criollos resentidos contenidos dentro de una sola unidad familiar.

Gálvez presentó cargos contra don José Sabido de Vargas, el teniente del rey, por su presunto mal manejo de una disputa entre el coronel de la milicia don Ignacio Rodríguez de la Gala y varios oficiales bajo su mando, incluido el investigador mayor don Rafael Breson. Por lo general, un teniente del rey estaba estrechamente aliado con el intendente, pero Sabido de Vargas vio el intento del intendente de mediar como una afrenta a su reputación pública y su posición y nunca lo perdonó.

Representación de Lucas de Gálvez realizada en 1970 por Fernando Castro Pacheco para uno de los murales del Palacio de Gobierno

El honor insultado trajo rencor desde hace mucho tiempo. El deseo de recuperar su honor llevó a hombres como el teniente del rey a atacar verbalmente a Gálvez y guardar rencor contra su superior. Sabido de Vargas, quien más tarde obstruyó el progreso de los fiscales en la búsqueda de posibles pistas sobre la identidad del asesino.

Una facción agraviada (económica, militar, política o eclesiástica) casi siempre tenía un pariente cercano en uno de los otros bloques de poder. Los asuntos profundamente personales, románticos, en este caso, y la confusión de las líneas entre dos facciones poderosas, fue mejor personificada por don Toribio del Mazo, oficial de la milicia y sobrino del obispo de Mérida. Su poderoso tío fray Luis de Piña y Mazo (r. 1780–1795), que resistió a tres gobernadores y a menudo tuvo más influencia en Madrid que los funcionarios reales seculares, luchó tenazmente para preservar los privilegios eclesiásticos. Siguiendo el ejemplo del obispo conocido por su capacidad para “arruinar gobernadores”, la mayoría de los clérigos de Yucatán también se opusieron al intendente.

Gálvez inicialmente solo ocupó el cargo de intendente, no gobernador, en sus primeros dos años como jefe de la provincia, una situación bastante anómala. Pasó estos años observando a su predecesor en el cargo de gobernador, don José de Merino y Ceballos (1783–1789), expulsado como resultado de las maquinaciones del obispo quien junto con varios miembros del cabildo. Se abrió el camino de Gálvez a la gobernación.

El obispo, que apoyó el nombramiento de Gálvez solo en la medida en que lo ayudó a socavar a Merino y Ceballos, pronto se volvió contra el joven intendente. Tras el asesinato fue detenido Toribio del Mazo, sobrino del Obispo y encerrado en San Juan de Ulua. El sabido conflicto entre el Obispo y el intendente apoyo la idea de que el era el homicida.

El 15 de septiembre de 1800 Esteban de Castro solicitó en matrimonio a Josefa Quijano, hija de Juan Esteban Quijano, al haber quedado viuda. Demanda que fue negada por el poco prestigio de Castro frente al de la poderosa familia de comerciantes. Esto pese a haber concebido ya tres hijos con ella.

Castro en represalia denunció la conspiración para asesinar a Lucas de Gálvez, en la que el mismo tuvo una implicación directa. Castro aseguraba que el clérigo Tadeo Quijano fue el autor intelectual, mientras que el material había sido Manuel Alonso Lopez portero de la casa de los gobernadores. Alonso se disfrazó de mayordomo y uso un caballo similar al de Toribio del Mazo, sobrino del obispo, para que la culpa recayese en aquel dadas las disputas entre el prelado y el gobernador.

Aparentemente Castro quería presionar a doña Josefa a través de las acusaciones hacia su familia para continuar con la relación, los Quijano señalaron que era una desesperada forma de venganza. Las acusaciones de Castro implicaron a otras corporaciones eclesiásticas y militares.

Josefa y Tadeo Quijano, Esteban de Castro y otros fueron encarcelados y llegaron a San Juan de Ulua en 1801. Las acusaciones de Castro contra los Quijano fueron contradictorias y acabo retractándose, llevando ello a la liberación de los hermanos.

Una conspiración de criollos crueles, todos los que alguna vez albergaron la esperanza de beneficiarse de las reformas del nuevo intendente, pero que lamentablemente estaban decepcionados, planearon y llevaron a cabo un crimen que sacudió la provincia, ralentizó el ritmo de las reformas y frustró los esfuerzos de los fiscales. e investigadores evadieron durante ocho años. La resistencia a la reforma del gobierno y los esfuerzos para frenar el regionalismo y racionalizar el gobierno merece una mirada más cercana, más allá de las ofensas más audaces para los administradores de la Corona.

Aunque los Quijano no fueron condenados por el crimen, autores contemporáneos los apuntan como los autores intelectuales del homicidio del primer intendente de Yucatán.

Referencias

[1] La mayor parte de esta nota está basada en traducciones de “Murder in Mérida, 1792. Violence, factions and the law” Mark W. Lentz. Alburquerque: University of New Mexico Press, 2018, 328 pp

[2] Cámara de Diputados. Los principios coloniales de la legislación. Reformas Borbónicas http://www.diputados.gob.mx/museo/s_prin11.htm#:~:text=A%20pocos%20a%C3%B1os%20de%20su,ordenanza%20fue%20promulgada%20en%201786.

[3] Semo Enrique. Historia del Capitalismo en México. Pág. 211

[4] Laura Machuca Gallegos, « Los Quijano de Yucatán: entre la tradición y la modernidad », Caravelle [En línea], 101 | 2013, Publicado el 26 agosto 2014, consultado el 22 junio 2020. URL: http://journals.openedition.org/caravelle/558; DOI: https://doi.org/10.4000/caravelle.558

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