La Ciudadela de San Benito. La ruina y demolición

El Convento Grande de San Francisco, el cual describimos en una nota anterior, fue amurallado durante el gobierno de Rodrigo Flores de Aldana (1667 – 1669) para convertirse en una de las fortalezas que se debieron construir desde que gobernaba la península Francisco de Montejo. Bajo el nombre de la Ciudadela de San Benito, la obra se concluyó el 1 de mayo de 1669. Se formaba por un hexágono rectangular con cinco murallas de 40 pies de altura (12 metros) de un espesor de 8 pies (2.34)[1] y seis baluartes de bastante solidez. En su mejor momento  podía albergar hasta ocho mil hombres de tropa con toda comodidad.

Tenía tres puertas: la del oriente por donde se introducía a los religiosos el pan, la del Sur por donde se ingresaban a los feligreses de la parroquia de San Cristóbal, que estaba a cargo de los mismos religiosos, y la del poniente en la que se instaló el cuerpo de guardia. El control de estos accesos fue motivo de conflicto entre frailes y autoridades hasta la expulsión de los primeros en febrero de 1821.

Tras la expulsión de los frailes el edificio del Convento fue utilizado como hospital pues sus administradores, los frailes de San Juan de Dios también habían sido expulsados. Este uso fue breve dadas las complicaciones de la nueva ubicación, regresando a su antiguo edificio a un costado de Catedral (Calle 61 entre 60 y 58).

Maqueta del Convento, atención al edificio a la izquierda. Será transformado en «El Castillo» entre 1840 – 1843.

En 1834 se demolió parte del baluarte norte de la ciudadela el llamado de “San Juan de Dios” con el objeto de dar mayor amplitud a la calle de la Alameda que pasa por ese costado. En 1837 se vinieron abajo los techos de la antigua parroquia de San Cristóbal, los otros dos fueron utilizados como cuarteles. Aquel mismo año el explorador Frederick Waldeck escribió la siguiente crónica sobre la ciudadela de San Benito:

Esta mañana, 18 de enero, he visitado en detalle, con el Sr. Casimiro Nedodau, el castillo de la ciudad al que no había visto sino muy imperfectamente. La portada de la iglesia y la iglesia misma no tienen nada de notable. Se ve todavía en una larga capilla las aberturas que conducen a las vastas bóvedas en las cuales, sin provecho para la tierra, se han consumido los cuerpos de los frailes cuya muerte ha sido así tan inútil como su vida. Cerca de una de estas aberturas se distinguen las armas de un nombre español, esculpida sobre una piedra que parece haber servido de una trampa a una pequeña bóveda bien trabajada. Estas armas no han podido preservar del olvido el nombre del personaje cuyo polvo duerme en ese lugar fúnebre. No se sabe a qué la familia pertenece dicho blasón. Los subterráneos son inmensos; los caminos que los atraviesan forman un verdadero laberinto. (Los subterráneos a los que se refiere estarían en la estructura maya donde se elevaba la Ciudadela)

Aproximación al espacio que ocupo la Ciudadela.

Los dobles pisos y las galerías secretas practicadas en el espesor de los muros prueban que los piadosos habitantes del convento habían dado a estos tenebrosos retiros con un destino misterioso. Quizá hasta la inquisición ha torturado allí numerosas víctimas. Sean lo que fuere, el gran número de celdas, de pasillos estrechos y ocultos; la existencia de un pozo que conduce a otras pequeñas piezas cavadas en roca; el aparato por medio del cual descendía a ese abismo profundo; otros indicios no menos significativos todo atestigua que los hombres han ejercido aquí su maldad. La mejor agua de la ciudad es la del convento. El pozo es de forma rectangular, como todos los de la Provincia; tiene seis pies sobre nueve, y cincuenta de profundidad. Todos los detalles de la construcción del convento son de la más grande irregularidad. Aunque, como lo he dicho, los subterráneos sean muy vastos y sus bóvedas muy elevadas, no hay una sola puerta frente a otra, ni de la misma altura.

Las leyendas sagradas de que los españoles son tran pródigos hasta en sus casas, están remplazadas en el monasterio, y hasta en la iglesia, por palabras profanas y malsonantes; allí donde estaba inscrito un pensamiento piadoso, se lee hoy: Primera o segunda escuadra; alojamiento de los cabos; caballerizas del tercer regimiento, etc.…

«El Castillo» en los años cuarenta

Un espíritu santo se ha tornado en águila; pero la metamorfosis no ha sido tan perfectamente que no se reconozca todavía el inocente pájaro del señor bajo los rasgos groseramente trazados del rey de los aires; lo que me hizo pensar que aquello era una ingeniosa alegoría destinada a representar la cobardía de los yucatecos mal disfrazada bajo aspectos belicosos. En el jardín del convento, vasto terreno desde hace largo tiempo abandonado en manos de la naturaleza, se encuentra un inmenso estanque sin agua, al que las yerbas y los matorrales han invadido, y que sirve de guarida a muchas culebras, Vi una de esas serpientes cuyo color era gris y a la que no pude matar. Los soldados me dijeron que las bóvedas estaban pobladas de ellas, lo que me parece probable según la cantidad de lagartos que he visto allí.

Es de notar que esas ruinas abundan en crótalos, serpientes muy peligrosas; pero como va allí muy poca gente, los accidentes son raros en extremo ¿Por qué no se arrasa ese edificio para vender los materiales?

En 1841 el explorador John Lloyd Stephens también se aventuró al interior de la Ciudadela y las ruinas del Convento Franciscano:

Entramos por el gran pórtico del castillo a un gran patio cubierto de yerbas. En el frente estaba el convento con sus espaciosos corredores y dos grandes iglesias, cuyas murallas todas estaban el pie, pero sin puerta ni ventanas. La bóveda de una de las iglesias se había desplomado, y la brillante luz del día iluminaba el interior.

De allí pasamos a la otra iglesia, que es la más antigua, e identificada con los tiempos de los conquistadores. Cerca de la puerta había una fragua, en que un mestizo agitaba los fuelles, soplando sobre una candente barra de hierro, de que salían numerosas chispas al sufrir el golpe del martillo.

Todo el pavimento estaba cubierto de indios y musculosos mestizos puliendo madera, forjando clavos y haciendo cartuchos de cañón. Los altares estaban destruidos desfiguradas las paredes: sobre estas se veía escrito en gruesos caracteres encarnados “Primera escuadra”, “Segunda escuadra”, y a la testera de la iglesia, bajo del domo, se leían estas palabras: “batallón ligero permanentemente”. Era que aquella iglesia se había convertido en cuartel, y aquellos lugares estaban destinados para colocar las armas.

Ruinas del templo de la Asunción (Reconstrución de Aercel Espadas)

 Al pasar nosotros, los operarios calvaban la vista sobre mi compañero de incursión, o más bien sobre el sayal azul, el cordón que le ceñía y la cruz que pendía de él; todo lo cual formaba el traje de su dispersada orden.

 Era la primera vez que ponía los pies en aquel sitio, después de la expulsión de los religiosos. Si para mí era tan triste contemplar la ruina y profanación de ese nombre edificio ¡cuánto no lo sería para él! Cerca del altar y en la sacristía se veían abiertas las bóvedas sepulcrales; pero los huesos de los antiguos religiosos habían sido extraídos y yacían arrojados en por el suelo. ¡Algunos de esos huesos pertenecían sin duda a sus antiguos amigos!

Pasamos de allí al refectorio, y señalándome el sitio de la larga mesa en la que la comunidad tomaba sus alimentos, y la fuente de piedra en que hacían sus abluciones. Representase a sus antiguos compañeros revestidos de sus anchos ropajes azules, dispersados hoy para siempre y convertida su morada en un teatro de desolación y de ruina.

En uno de los claustros más bajos que salen del lado del norte y al pie del dormitorio principal, hay dos corredores paralelos. El exterior de uno de estos corredores, que mira al gran patio, tiene aquel arco peculiar de que he hablado tan a menudo en mi anterior obra, es decir, los dos lados del arco se levantan para juntarse, y antes de formar el ápice dejan el claro, como de un pie, cubierto de una capa espesa de piedras. Era imposible equivocarse sobre el carácter de este arco.

Stephens se encontró con un arco maya o alguna estructura parecida en el interior de las ruinas del convento (Zona Arqueológica de Kabah)

No es presumible en manera alguna, que los españoles construyesen una obra tan diferente de sus reglas conocidas de arquitectura, y es incuestionable que ese arco formaba parte de uno de esos misteriosos edificios, que han dado lugar a tantas conjeturas, y cuya construcción se ha atribuido a los pueblos más antiguos del viejo mundo y a razas que se han perdido, perecieron o son desconocidas.[2] (Stephens se refiere a lo que le parecía un arco maya al interior del Convento, que probablemente fue adaptado al construirse la casa de los franciscanos)

Durante la separación de Yucatán ocurrida entre 1840 y 1843, el ayuntamiento de Mérida reconstruyó uno de los edificios del Convento para convertirlo en penitenciaría sin embargo no se le dio este uso por que la seguridad no era suficiente. Quedo únicamente como almacén de guerra y soldados. [3] En 1855 el escritor Serapio Baqueiro escribió la crónica sobre su visita a las ruinas:

Un amigo me acompañaba y marchamos silenciosos a la ciudadela de S. Benito, llegamos a la puerta y manifestamos al oficial que estaba de guardia nuestros deseos de visitar las ruinas, fue concedido el permiso y pasamos adelante.

Un sentimiento de religión y de filosofía apoderase de nosotros: dos iglesias, como efigie miserable de los siglos, se alzaban en medio de aquellas ruinas, la una, conocida con el nombre de S. Antonio y la otra con el de S. Francisco.

Nos dirigimos a la primera, entramos, y un número considerable de soldados descansaban al pie de sus armas se levantaron, y después de saludarnos, pasaron a mostrarnos los objetos que más llamaban la atención en aquel tempo: nuestro eco resonaba en sus anchas bóvedas, y un ruido marcial se escuchaba en aquel lugar donde en otros tiempos se entonaban canticos de alabanza a Dios. Vimos tres altares todos en un estado muy deplorable, un Crucifijo y una imagen de nuestra Señora, se encontraban en el primero: las paredes de la iglesia sucias y denegridas.

Nos dirigimos a una ancha reja situada hacia el norte, pasamos por unas escaleras, visitamos las piezas de arriba y bajando en seguida, nos dirigimos a un hermoso patio: y, ¡que cuadro tan bonito! Estaba en un estado tal de decencia, que parecía más bien un lugar de recreo: un estanque lleno de agua cristalina, una noria, y un sinnúmero de sembrados puestos con orden y simetría, todo esto formaba una perspectiva sencilla, pero alegre y deliciosa.

Las ruinas del tempo de la Asunción y la Capilla de la Soledad a principios de siglo XX

Pasamos a las piezas arruinadas y por el contrario del cuadro que acababa de presentarse a nuestra vista era aquel un lugar de silencioso y de recogimiento: la voz de los padres franciscanos parecía escucharse en medio de aquellos montones de piedra y de tierra, dejamos aquel lugar de las eternas sombras y nos subimos a la muralla: diremos aquí lo que Sánchez: Mérida estaba tendida a nuestros pies.[4]

El investigador Víctor Suárez Molina atribuye a los continuos pronunciamientos y levantamientos militares que se originaban al interior de la ciudadela el hecho que se propusiera su demolición. La Revista de Mérida en 1893 escribía; “se edificó para defender la población contra los ataques de los indios, y que, en nuestra época de revoluciones, servía de guarida a los jefes pronunciados y era más bien una amenaza que una defensa de la capital, porque los proyectiles que los insurrectos lanzaban desde los baluartes sembraban la destrucción en todos los ámbitos” [5] La orden fue expedida por el Gobierno Federal el 2 de abril de 1861 concediendo al Ayuntamiento de Mérida los escombros que resultasen de la demolición. [6]

La demolición no se llevó a cabo debido a la llegada del Segundo Imperio, y al término de dicho régimen la cárcel pública fue instalada en “El Castillo”.  A dicha prisión ingresaron no solo criminales yucatecos sino de todo el país como por ejemplo de San Juan de Ulúa en Veracruz. En marzo de 1869, poco después de ocurrido un motín en la Ciudadela, fue ratificada la demolición de la ciudadela iniciando el 25 de mayo con la caída de algunos edificios, pero lo costoso de la operación la detuvo.

Los exploradores antes citados llegaron a Mérida de paso por su recorrido por los sitios arqueológicos de la península. La pareja de Alice y Augusto Le Plongeon estuvieron recorriendo Yucatán en la década de 1870. Alice escribió sobre la ciudadela en 1873:

Hay una posición: demoler el Castillo de San Benito y construir un nuevo teatro en su lugar. Sería una lástima por tratarse la fortaleza de San Benito y ex convento de los franciscanos de un monumento histórico que merece ser conservado. Esa fábrica se levanta hacia el oriente de la ciudad en el prominente sitio que ocupó un magnifico templo de los antiguos habitantes. El obispo Landa en su obra “Las cosas de Yucatán” nos brinda una descripción y un esquema de ese templo. Hoy, el convento está en ruinas. La iglesia adyacente sirve de cuarte a las tropas federales estacionadas en Mérida. Una porción del edificio ha sido reconstruida y es aprovechada como penitenciaría. Muchas de sus celdas han sido derribadas de propósito por los soldados federales con la finalidad de utilizar los materiales en la edificación de una casa de beneficencia y una escuela gratuita para los pobres. (…) Algunas de las decoraciones interiores todavía subsisten en las viejas paredes del convento, si bien el techo se ha derrumbado. Hemos visto los vestigios del antiguo monumento a que alude Landa, los cuales de acuerdo con el padre Cogolludo sostenían las celdas del segundo piso del convento. Como fortaleza el edificio prestaría todavía un gran servicio.[7]

La parte noroeste del terreno que ocupaba la ciudadela fue cedida para la estación, las bodegas y las oficinas del Ferrocarril Mérida – Peto en 1878. La concesión de dicho ferrocarril fue traspasada por el gobierno a Rodulfo y Olegario G. Cantón dos años después.

Ese mismo año 1880 se aprobó el proyecto de un moderno Mercado Bazar que ocuparía toda el área de la Ciudadela. El 20 de abril de ese año se expidió el reglamento para la enajenación de los lotes que pedía que fueran los dueños los que rebajaran a nivel del suelo los espacios adquiridos, sin embargo, solo los que se encontraban al norte fueron de interés debido a la conveniencia de quedar frente a la ex alameda. Los del centro y el sur no causaron interés.

Proyecto de Ing. David Casares para el Bazar Mercado. Ocuparía toda el área de la ciudadela. (Mapoteca Orozco y Berra)

El 21 de agosto de 1882 se inauguró la primera casa levantada al norte de la ciudadela fue la ferretería “El Siglo XIX” de los Sres. R. Gutiérrez, aquel edificio se incendió y dio paso al actual inaugurado en 1912.

José Tiburcio Cervera escribió en 1886: Hace pocos días, nos dirigimos a las ruinas de la extinguida ciudadela, con el objeto de ver lo que existía del antiguo templo de San Cristóbal, y solo encontramos una parte del frontispicio y del caracol que daba acceso al coro y al campanario. El antiguo templo de que nos hemos ocupado era de una construcción muy parecida a la de la iglesia de Santiago.[8]

La obra del Bazar Mercado no prosperó, razón por la que se levantó una techumbre de lámina galvanizada compuesta de tres galerías inaugurándose el 16 de septiembre de 1886 con el nombre de Lucas de Gálvez.

Como ya se mencionó “El Castillo” albergó la penitenciaría hasta el año de 1895 cuando los 133 prisioneros fueron enviados a la Penitenciaría Juárez al poniente de la ciudad. El local fue acondicionado para establecer la Escuela Correccional de Artes y Oficios que hasta entonces se encontraba en la calle 63 entre 62 y 64.

Aquella había sido fundada en 1886 y tenía departamentos de escuela primaria, carpinteria, cordelería, talabartería, herrería, hojalatería y zapatería y funcionó en el Castillo hasta 1907 cuando se trasladó al Convento de la Mejorada.

El espacio que hoy ocupan estos edificios formaron parte de los terrenos de la Ciudadela enajenados en 1880.

La parte que no se puedo enajenar se convirtió en un espacio desagradable de la ciudad. El número antes mencionado de La Revista de Mérida proponía convertir las ruinas de la ciudadela en el “lugar más hermoso de la ciudad de Mérida”. El editor de dicha publicación Nestor Alpuche expresaba que no había necesidad de rebajar al nivel del suelo las ruinas, sino construir sobre ella y rodearla de árboles.

En 1897 las obras de aplanamiento y relleno de las calles de la ciudad el Ing. Rafael Quintero utilizó las piedras de la ciudadela, para ello instaló una maquina que pidió a Estados Unidos. En 1902, durante el gobierno de Olegario Molina se inicio el embanquetado de la ciudad y para ello también se hizo uso de los muros de los templos que aún quedaban en pie. Se respeto el área de “El Castillo” que entonces era usada como alojamiento de tropas regulares y cuerpos de policías. En 1907 se cedieron terrenos del oriente para el establecimiento de The Yucatan Water Company, con su característico tanque de agua.

Al tomar posesión del periodo constitucional en febrero de 1910, el gobernador Enrique Muñoz Aristegui menciono que se harían las adecuaciones para establecer en “El Castillo” el Museo Yucateco y en la explanada un jardín. Aquella administración termino abruptamente en 1911 y no hubo seguimiento al proyecto.[9. Aquella zona fue aprovechada por empresas de circo para levantar carpas y también para la venta de animales. Hasta la construcción de el Centro Escolar Felipe Carrillo Puerto.

En 1948 durante la administración municipal del Lic. Vicente Erosa Cámara se contrató al Sr. Héctor Medina Vidiella para llevar a cabo la demolición de lo último que quedaba de la ciudadela: “El Castillo”.  El 27 de mayo de 1950 la noria del exconvento de San Francisco, que se encontraba a espaldas de “El Castillo” fue declarada monumento histórico cuando ya había sido demolida.[10]

Así termino la historia de aquella edificación cuyo origen podría remontarse a más de mil años en el tiempo, considerando que era un basamento de la antigua ciudad maya. Lamentable es que la demolición no haya sido compensada con un espacio digno para la ciudad, en cambio reine el caos, la desorganización y la pestilencia en la zona.

Bibliografía y referencias.

[1] Erosa Alcala, R. (1998). Historia y vestigios de la ciudadela de San Benito. Mérida, Yucatán: Ayuntamiento de Mérida. Pág. 22

[2] Stephens, J. (2002). Viaje a Yucatán. Madrid: Valdemar. Págs. 32 – 33

[3] Diccionario Histórico, biográfico y monumental de Yucatán, desde la conquista hasta el último año de la dominación española en el país / por D. Gerónimo Castillo.

[4] La Guirnalda: periódico literario. Mérida 24 de 1860.

[5] La Revista de Mérida. 27 de abril de 1893

[6] Suárez Molina, V. (septiembre de 1949). El Convento Grande de San Francisco y la Ciudadela de San Benito. Revista de Estudios Yucatecos, 51 – 72.

[7] D. Le Plongeón, A. (2008). Yucatán en 1873. (R. Peniche Barrera, Trad.) Mérida, Yucatán, México: Fondo Editorial del Ayuntamiento de Mérida. Págs. 71 – 72

[8] La Revista de Mérida. 17 de enero de 1886.

[9] Diario Oficial del Gobierno del Estado de Yucatán. 4 de febrero de 1910.

[10] Diario Oficial del Gobierno del Estado de Yucatán. Sábado 27 de mayo de 1950.

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3 Comments

  1. Muy bonitos e interesantes relatos, siempre es bueno conocer parte de nuestro pasado y aprender más de nuestra bella ciudad, muchas felicidades y gracias por el tiempo que le dedican.

  2. Buenos días, habrá alguna ilustración de los interiores del convento? así como dónde quedó la noria o en que parte de los edificios que hoy se encuentran. Saludos

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